Señaló el príncipe de las celestes jerarquías los puestos que habían de ocupar sus brillantes potestades para apoderarse del jardín, y él se adelantó solo, buscando el sitio en que se había refugiado Adán. No se le ocultó a este, y mientras se acercaba el supremo mensajero, dijo a su esposa: «Disponte ya, Eva, a alguna gran novedad que quizá ha de cambiar nuestra suerte, o imponernos nuevas leyes a que tendremos de someternos, porque veo a lo lejos descender de la fulminante nube que envuelve la colina un guerrero de la legión celeste, y según su apariencia, no de los inferiores. Será algún gran Potentado, alguno de los supremos Tronos; que tal es la majestad que le rodea. No me inspira temor por su terrible aspecto, ni tiene la benigna dulzura de Rafael, que tanta confianza infunde, sino una presencia tan solemne como sublime; y para no ofenderle, retírate tú; yo con la mayor reverencia le saldré al encuentro.»
Las cohortes angélicas descendían al Paraíso.
Y apenas dijo esto, se le acercó el Arcángel apresuradamente, no en su figura celestial, sino ataviado como un hombre que ha de entenderse con otro hombre. Sobre sus resplandecientes armas flotaba una veste marcial de púrpura, más viva de color que la Melibea[131], o que la grana de Sarra[132] con que en los tiempos de treguas se ornaban los reyes y antiguos héroes. Isis tejió sus matices; su estrellado yelmo con la visera alzada dejaba ver un rostro en las primicias de la virilidad que acaba de salir de la juventud; a un lado, como un radiante zodíaco llevaba pendiente la espada, terrible espanto de Satanás, y en su mano empuñaba la lanza. Adán se inclinó profundamente; el Arcángel se mantuvo erguido, y con majestuosa dignidad le dio así cuenta de su mensaje:
«Adán, el supremo mandato del cielo no ha menester exordios: baste decirte que tus ruegos han sido oídos, y que la muerte a que estabas sentenciado desde el momento de tu transgresión retrasará su golpe los largos días que te están concedidos para dar lugar a tu arrepentimiento, y a que borres tu criminal acción con tus buenas obras. Entonces tal vez, desenojado tu Señor, te redimirá enteramente de la instancia con que la muerte te reclama; pero no te es permitido morar más tiempo en el Paraíso, y yo he venido para sacarte de él y enviarte fuera del Edén a labrar la tierra de que fuiste formado, y a cuyo seno es bien que vuelvas.»
No dijo más; porque al oír Adán estas palabras, sintió sobrecogido su corazón y embargados sus sentidos por el hielo del más acerbo dolor; mas Eva, que aunque oculta, todo lo había escuchado, se denunció a sí misma, prorrumpiendo en gritos y agudos lamentos:
«¡Oh inesperado golpe, más terrible que el de la muerte! ¡Salir de este dulce Paraíso, dejar mi suelo natal y estos dichosos y umbríos vergeles, morada digna de dioses! ¡Y yo que esperaba subsistir aquí tranquila en medio de mi tristeza, hasta que llegase el día mortífero para ambos! Flores amadas que no hallaré en ningún otro clima, las primeras a quienes visitaba por la mañana, las últimas de quienes por la tarde me despedía; flores que tanto cuidaba mi cariñosa mano desde que os abríais, y a todas las cuales he dado nombre: ¿quién os enderezará hacia el Sol ahora, y os ordenará por tribus, y os regará con la ambrosía de estos puros manantiales? Y tú, por fin, nupcial gruta, que yo me complacía en embellecer con cuanto puede ser agradable a la vista y al olfato: ¿cómo me alejaré de ti para andar vagando por un mundo inferior, que comparado con este será salvaje y sombrío? ¿Cómo vivir de un aire menos puro, acostumbrada a estos frutos inmortales?»
Al oír esto el Ángel, la interrumpió dulcemente: «No así te lamentes, Eva; renuncia con resignación a lo que justamente has perdido; no te apasiones con tanta vehemencia de lo que no es tuyo. Al salir de aquí, no vas sola; va contigo tu esposo, a quien estás obligada a seguir, porque donde él habite será tu tierra natal.»
Entonces Adán, volviendo en sí de su repentino e inerte anonadamiento y recobrando el ánimo, dirigió a Miguel estas humildes palabras: «Espíritu celestial, bien seas uno de los Tronos, bien lleves el nombre de superior entre ellos, porque tu majestad puede ser propia de un príncipe que impera sobre otros príncipes: bondadosamente nos has comunicado tu mensaje, que a hacerlo de otro modo, no hubiéramos resistido a tan duro golpe; mas todo el dolor, todo el abatimiento y desesperación que puede resistir nuestra flaqueza, en tus palabras están cifrados al anunciarnos el destierro de esta feliz morada, que era nuestro dulce asilo, el único consuelo a que nuestras almas estaban acostumbradas. Cualquiera otro lugar nos parecerá inhospitalario y yermo; nos desconocerá a nosotros y será para nosotros desconocido. ¡Ah! Si a fuerza de incesantes ruegos lograse apiadar la voluntad de Aquel que lo puede todo, no cesaría un momento de importunarle con continuos clamores; pero pedirle lo que se opone a su absoluto decreto, sería tan inútil como querer contrarrestar con nuestro hálito la fuerza del viento, que rechaza sofocante sobre nosotros al exhalarlo. Me someto, pues, a su soberano mandato: solo me aflige la idea de que al partir de aquí, no volveré a ver su rostro, no contaré más con su bendito auxilio. Aquí hubiera yo recorrido de uno en otro, adorándolos, todos los sitios en que se dignó consolarme con su divina presencia; y hubiera dicho a mis hijos: «En este monte se me apareció; bajo este árbol se me hizo visible; entre estos pinos oí su voz; aquí, orillas de esta fuente, conversé con Él.» En muestra de reconocimiento, le hubiera erigido altares de césped, y hubiera acumulado lustrosas piedras de los arroyos en memoria y monumento para las futuras edades, y derramado sobre ellas el dulce perfume de odoríferas gomas, de los frutos y de las flores. Pero en ese otro ínfimo mundo ¿dónde hallaré sus brillantes apariciones, ni siquiera señal de la huella de sus plantas? Porque, aunque yo huya de su cólera, una vez recobrada la vida, y prolongada su duración y legada a la posteridad que se me promete, no me queda otro consuelo que alcanzar a ver los destellos últimos de su gloria y adorar de lejos los más leves vestigios de sus pasos.»
«No ignoras, Adán, le replicó Miguel con afectuoso semblante, que suyo es el cielo, suya la tierra toda, no esta roca solamente; que llena con su presencia la tierra, el mar, el aire, todo cuanto vive alentado por el calor de su virtual omnipotencia. Te ha concedido el dominio de la tierra toda para que la poseas y la gobiernes, don que no debes menospreciar; y así, no creas que su presencia está reducida a los estrechos límites del Paraíso o del Edén. Este hubiera sido quizá la cabeza de tu imperio, de donde hubieran salido todas las generaciones, y adonde hubieran vuelto también de todos los confines de la tierra para ensalzarte y reverenciarte a ti, su ilustre progenitor; pero tú has perdido esta preeminencia, decayendo hasta el punto de tener que morar en el mismo suelo que tus hijos. No dudes, pues, de que tan presente como aquí, está Dios en los valles y en las llanuras, de que le hallarás en todas partes, y de que por donde quiera te seguirán las pruebas de su presencia, y te verás circuido de su bondad y paternal amor, de su verdadera imagen y de las divinas huellas de sus pasos. Y para que puedas creer y asegurarte en esto antes que de aquí salgas, has de saber que soy enviado para revelarte lo que en los futuros siglos te acontecerá a ti y acontecerá a tu descendencia. Prepárate a presenciar bienes y males, la pugna que se empeñará entre la divina gracia y la perversidad del hombre. Así aprenderás la verdadera resignación, y a moderar la alegría con el temor y un piadoso recogimiento, de modo que te mantengas igualmente sereno en la fortuna y en la adversidad, para que puedas arrostrar más a salvo los trances de la vida, y disponerte mejor al de la muerte cuando sobreviniere. Sube ahora conmigo a esta eminencia; deja aquí a Eva, a quien ya he tranquilizado, entregada al sueño, mientras tú, despierto, contemplas el porvenir, como en otro tiempo dormías tú también, cuando ella vino a la vida.»