A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buen hora, que yo te seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso estoy a la voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil pecho a todos los males, y me armaré para hacerme superior a todos los sufrimientos y conseguir desde luego la tranquilidad, por medio del trabajo, si así puedo merecerla.»

Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más alta del Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio de la tierra, que se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista. No era más elevada ni en torno se extendía más la montaña a donde por diferente causa llevó el Tentador, hallándose en el desierto, al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la tierra y las grandezas de cada uno.

Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de antigua o reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes imperios, desde los muros destinados a Cambalu, silla de Can del Caita, y desde Samarcanda, orillas del Oxo y trono de Temir, hasta Pekín, donde reinan los reyes de la China[133]. De aquí corrió su vista hasta Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y hasta el Quersoneso Áureo, o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahan, o a Moscú, donde es soberano el Zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que nació en el Turquestán. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego y su puerto más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de Montbaza, Quiloa, Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los reinos de Congo y Angola, más al mediodía; y trasladándose del río Níger al monte Atlas, los imperios de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel, y Tremecén. Y desde allí contempló a Europa, y el lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá en su imaginación quizá descubrió también la opulenta Méjico, imperio de Moctezuma, y el del Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa, y la Guyana, no despojada aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de Gerión.

Mas para disponerle a representaciones más sublimes, Miguel levantó de los ojos de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso fruto de que se prometió vista más perspicaz; y luego le purificó el nervio visual con eufrasia y ruda[134] porque tenía mucho que ver, y le introdujo en él tres gotas de agua sacadas de la fuente de la vida. La virtud de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo íntimo de la vista intelectual, que precisado Adán a cerrar los ojos, quedó enajenado, cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo que el bello Ángel le asió de la mano y le hizo al punto volver en sí diciéndole:

«Adán, abre ahora los ojos, y contempla en primer lugar los efectos que tu crimen original ha producido en algunos de los que nacerán de ti; los cuales, sin embargo, no han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni delinquido con tu pecado[135]; pero, a pesar de ello, de ese mismo pecado heredan la corrupción que ha de precipitarnos en acciones más violentas.»

Abrió los ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba lleno de haces de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y rediles de los ganados. En medio, como marcando un límite, se alzaba un altar rústico, hecho de yerba, al cual llegaba de pronto un segador sudoroso, que depositaba en él las primicias de sus frutos, espigas verdes aún y tostados haces, pero revueltos, y según más a mano los había hallado. Inmediato a él se veía un pastor en actitud más humilde, cargado con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después de sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya preparada, rociándolas con incienso y practicando todos los demás ritos debidos. De repente bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda, y la consumió con presta llama, esparciendo alrededor un grato aroma; pero la ofrenda del otro no se consumió, porque no era sincera; lo cual le encendió en ira, y según estaba hablando con el pastor, le lanzó en medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y cubierto de mortal palidez, exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:

«Maestro mío: ¿Por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre humilde, que tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la piedad y una devoción tan pura?»

Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán, y nacerán de ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que el cielo haya aceptado la ofrenda de su hermano; pero esa acción sanguinaria será vengada, y como tan meritoria la fe del otro, no quedará sin recompensa, aunque le ves morir aquí cubierto de polvo y sangre.»

«¡Ay! dijo nuestro padre. ¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque lo que he visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra nativa! ¡Oh espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin repugnancia y asombro, ni considerarse sin horror, ni sentirse sin espanto!»

A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera forma de la muerte; pero ¡cuán varias son las que toma, y cuántos los caminos que conducen a su hórrida caverna, y todos ellos tristes! Es, sin embargo, más vaporosa para los sentidos a la entrada que interiormente. Unos, como acabas de ver, morirán por un golpe violento, otros por el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la intemperancia en los manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra crueles enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista, para que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la Humanidad el liviano apetito de Eva.»