Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría, parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades, el horroroso espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda especie de fiebres, las convulsiones, las epilepsias, los rigurosos catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste devastadora, y las dropsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la desesperación corría de lecho en lecho acosando a los enfermos, y sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con afán como el supremo bien y la última esperanza.
¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado con ojos enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró, a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en lo más perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto, aunque acudiendo a su mente más graves pensamientos, moderó su exceso, y así que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:
«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese ¿cómo había de aceptar semejante oferta, y no rechazarla desde luego, prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿Es posible que siendo el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por sufrimientos tan terribles a la vista, y al ánimo tan intolerables? ¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándole de ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»
«La imagen de su Creador, replicó Miguel, se apartó de ellos desde el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades, ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de Dios que llevaban en sí mismos.»
«Reconozco esa justicia, dijo Adán, y me someto a ella; pero ¿no hay otro medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con nuestro originario polvo?»
«Uno hay, respondió Miguel, que consiste en observar la regla de No excederse, de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose el alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que pasarán multitud de años sobre tu cabeza. Así podrás vivir, hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»
A lo que repuso nuestro primer padre:
«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo tener sobre mí hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré tranquilamente mi disolución.»
Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de decidirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»
Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores: junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser órganos y arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando algún bosque en cualquier montaña o valle, y penetrando por las venas de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas materias de las profundidades en que se hallaban. Con solo derramar el líquido en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o labrar los metales mismos.