Después de estos, aunque no a mucha distancia, bajaron a la llanura desde la cima de los altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios, en contemplar sus obras manifiestas, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar a los hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces y amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas[136]. Aquellos hombres, que permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada cual eligió la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron, hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y ardiendo entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas nupciales, y mandaron que se invocase al himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.
Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y de la juventud, que no malograban un solo instante, aquellos cantos y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión de la naturaleza, que exclamó así:
«Verdaderamente me has abierto los ojos ¡oh tú el primero de los ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en esta la naturaleza parece realizar todos sus designios.»
«No juzgues, le advirtió Miguel, que lo más placentero es lo mejor por más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú, creado para fin más noble, más santo y puro, y más conforme con la divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue de la perversidad, y en ellas habitará la raza de aquel que mató a su hermano. Parecen cultivar con afán las artes que embellecen la vida, de las que son raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres, encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica, el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas solo a los apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar y lucir galas y ejercitar la lengua y flechar los ojos; y esa sobria raza de hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama a las seducciones y sonrisas de esas bellas ateas. Ahora nadan en placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve el mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»
Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué vergüenza, exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero, tomando otros extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de la mujer.»
«Provienen, repuso el Ángel, de la afeminada flaqueza del hombre, que debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»
Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas, con sus puertas y fuertes torres, y una muchedumbre armada, en cuyos feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas, otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes, ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas, que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos: apenas si lograban escapar con vida los pastores, que pedían socorro a gritos. De repente se traba un sangriento combate: chocan entre sí con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo en que poco antes pacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y armas destrozadas, y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros, asedian una población fuerte, y la hostilizan con baterías, con minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto de las murallas, con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre: horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que por fin se levanta un personaje de mediana edad[137], distinguido por su prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón, la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios. Vitupéranle mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente en él, a no bajar una nube que le arrebató, desapareciendo a los ojos de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la tiranía, la ley de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella tierra.
Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó sollozando: «¿Qué gente es esa, ministros de la Muerte, no hombres, que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo que a pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberle salvado el cielo, ¿quién era?»
«Esos, replicó Miguel, son los resultados de los torpes matrimonios que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes, hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos solo se admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo, para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes, único justo de esa generación perversa, ya has visto que le odiaban por eso mismo, y cuán expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único virtuoso, y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios rodeado de sus santos vendría a juzgarlos. Pero el Señor omnipotente le ocultó en una nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto, y Dios le ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te dará a entender el premio reservado para los buenos y el castigo que a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y considera bien lo que vas a ver.»
Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas, matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios, y por donde quiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles. Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado de sus vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones en que solo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus tiendas.