En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había de tener en longitud, en anchura y elevación; cubriola en derredor de betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh singular prodigio! de cada especie de animales, aves y pequeños insectos, entraron en ella a setenas y a pares[138], obedeciendo al precepto que se les había impuesto, y los últimos de todos el padre, sus tres hijos y sus cuatro mujeres; después de lo cual cerró Dios la puerta.
Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave...
Las olas habían sepultado ya las demás viviendas...
Al propio tiempo se levantó el viento del mediodía, y desplegando sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo del cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron las montañas. Cerrose el denso firmamento como con una lóbrega techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las olas habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían y propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano ha poco tan numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil embarcación.
¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia, fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Ángel, pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Ángel:
«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten en varios siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las anticipa, y me atormentan con la idea de lo que han de ser antes de que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males que su previsión no podrá evitar, y que solo temerlos serán para él no menos insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver que la violencia y la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a coronar a la raza humana con largos días de prosperidad; pero ¡qué grande fue mi error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana perecerá aquí.»
Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de la verdadera virtud. Los cuales, después de haber vertido torrentes de sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido y granjeádose por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia, de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir tranquilos, licenciosa y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo; yacerán en el olvido la justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuado, único hijo de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos, de las seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará de ellos porque la escarnecen; Dios le contemplará como el único justo entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un mundo condenado a universal naufragio.
»No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se abrirán todas las cataratas del cielo, que noche y día derramarán torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre las fuentes más profundas; reventará el océano, cubriendo todas sus playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes. Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas y asaltado a la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se precipitará por el gran río[139] hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido desapacible. Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar alguno la santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y ahora presta atención a lo que sigue.»