Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés.
»Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará Dios complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará de poner su tabernáculo en medio de ellos para que el Único Santo habite entre los mortales. Al tenor de lo que ha prescrito, se fabrica un santuario de cedro, cubierto de oro, y dentro de él un arca en que se conservan los testimonios y recuerdos de su alianza; encima se eleva el trono de la misericordia, resguardado por las alas de dos fulgentes querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que, como en un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto los días en que las tribus estén caminando; las cuales conducidas por el Ángel del Señor, llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y su descendencia.
»Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas empeñadas, de reyes destronados, de reinos que han de conquistarse; cómo el Sol quedará inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose el acostumbrado curso de la noche, y esto a la voz de un hombre que gritará: “¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú, Luna, en el valle de Ajalón hasta que Israel haya vencido”; que así se llamará el tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se trasmitirá a su posteridad vencedora de los pueblos de Canaán.»
Al llegar aquí le interrumpió Adán diciendo: «¡Oh mensajero del cielo, luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has revelado, sobre todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por primera vez siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado mi corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones respecto a la suerte que me estaba reservada, y no solo a mí, sino a todo el género humano; pero ya veo el día en que serán bendecidas todas las naciones; merced que yo no merezco por haber buscado la ciencia prohibida por medios también ilícitos. No acabo de comprender, sin embargo, por qué se imponen tantas y tan diversas leyes a aquellos entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra. Esta multitud de leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar entre tales hombres?»
Respondiole Miguel: «No dudes que entre ellos reinará el pecado, que has engendrado tú. La ley se les impone únicamente para evidenciar su natural perversidad, que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse contra aquella; y cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto el pecado, y no borrarlo, excepto por débiles apariencias de expiación, como la sangre de toro o de macho cabrío, deducirán que para satisfacer la deuda del Hombre es menester sangre más preciosa, la del justo por el injusto, a fin de que en esta justicia que ha de imputárseles por la fe, puedan hallar su justificación para con Dios y la paz de su conciencia, que no bastarían a procurar todas las ceremonias de la ley, cuya parte moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola, no puede vivir. La ley pues parece imperfecta y únicamente dictada con el objeto de someter a los hombres en la plenitud de los tiempos a una alianza más íntima, y disciplinados ya, hacerlos pasar de las figuras aparentes a la realidad, de la carne al espíritu, de la imposición de una ley estrecha a que libremente acepten una amplia gracia, del temor servil al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la fe. Así que no será Moisés, aunque tan amado del Señor, pero solo ministro de la ley, quien conduzca a su pueblo a Canaán[149], sino Josué, llamado Jesús por los gentiles[150] y encargado con este nombre de ser quien debele a la Serpiente y conduzca con toda seguridad al Hombre, completamente perdido en los desiertos del mundo, al eterno descanso del Paraíso.
»Entre tanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre morarán y prosperarán allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen a perturbar el sosiego público, provocarán a Dios a que les suscite nuevos enemigos, de los cuales se verán libres luego que den muestras de arrepentimiento; y esta libertad les procurarán primero los jueces, y después los reyes. El segundo de estos, célebre por su piedad y sus gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su regio trono ha de subsistir perpetuamente; todas las profecías referirán también que del real tronco de David, nombre propio de este rey, procederá un Hijo, nacido de la Mujer, el mismo que se te ha predicho, predicho igualmente a Abraham, como aquel en quien tendrán su esperanza todas las naciones, predicho a los reyes y que será el postrero de estos, porque su reino no tendrá fin.
»Pero a Él ha de preceder una larga sucesión de reyes. El primero, hijo de David, famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un suntuoso templo, rodeada de una nube, el arca del Señor, que hasta entonces habrá andado vagando con sus tiendas. De los demás que han de seguirle, unos se contarán en el número de los buenos, otros en el de los malos reyes. Los malos formarán más larga serie, y sus torpes idolatrías y todos sus otros crímenes, añadidos a la perversidad del pueblo, de tal manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos, y abandonará su tierra, sus habitaciones, su templo, su santa arca y sus reliquias más sagradas a la befa y rapacidad de la ciudad cuyos muros has visto[151] entregados a la confusión, de donde le vino el nombre de Babilonia. Allí los dejará en cautiverio por espacio de sesenta años, y por fin los sacará de él, recordando su misericordia y la alianza jurada a David, inalterable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia por disposición de los reyes sus señores, que Dios les inspirará, reedificarán ante todo la casa del mismo Dios, y vivirán algún tiempo moderada y regularmente, hasta que creciendo en opulencia y número degeneren en facciosos. Las primeras discordias nacerán de los sacerdotes, hombres que consagrados a los altares, deberían no pensar más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta profanar el mismo templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de ninguno de los hijos de David, y por último lo perderán, y pasará a manos de extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de sus derechos.
»Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en los cielos, anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente que le buscan para ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio de paz, enseña el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores que velaban durante la noche, los cuales acuden transportados de júbilo, y oyen los coros de innumerables ángeles que entonan cantos al recién nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo Omnipotente. Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los cielos.»
Calló Miguel, al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva, que asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder proferir una palabra; mas al fin pronunció las siguientes: