»Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto número, y mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible sentencia que se dictó, vivirán temerosos de Dios, procederán justa y rectamente y se multiplicarán en breve. La tierra, cultivada por ellos, les dará colmadas cosechas de trigo, vino y aceite; sacrificarán a menudo lo más selecto de sus rebaños, el toro, el cabrito, el cordero, prodigando con afectuosa mano sus libaciones; e instituyendo fiestas sagradas, transcurrirán sus días en inocente júbilo, en paz segura, divididos en tribus y familias bajo el mando de paternal autoridad, hasta que se levante un hombre altivo y ambicioso, que enemigo de igualdad tan bella y de tan feliz estado, se arrogue un injusto dominio sobre sus hermanos, y ahuyente de la tierra toda concordia, toda ley natural. Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino contra los hombres, en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se nieguen a obedecer su tirano imperio; y por esto se apellidará el gran cazador, a despecho del Señor[141]; a despecho también del cielo, pretenderá derivar del mismo su transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al de rebelión, aunque acuse de rebeldes a los demás.

»Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y no menos propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el occidente, encontrarán una llanura, donde de las entrañas de la tierra, verdadera boca del infierno, brotará un betún negro e hirviente, y con él y con ladrillos labrados al intento, procurarán fabricar una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, con lo que logren eternizar su nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas tierras, su memoria se dé al olvido[142], aunque por lo demás no se cuiden de que sea buena o mala esta memoria. Pero Dios, que sin ser visto desciende muchas veces a visitar a los hombres, y entra en sus moradas para investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a aquella ciudad antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose de ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos que alterando por completo su nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de palabras desconocidas. Suscitose de pronto un confuso y estrepitoso clamoreo entre los constructores; llamábanse unos a otros, pero nadie se entendía, de suerte que redoblando sus gritos, enfurecidos y creyéndose mutuamente injuriados, trabaron entre sí descomunal pelea. ¡Oh! ¡qué de risas produjo en el cielo aquel espectáculo, con su extraño azoramiento y su horrenda vocería! Cayó así en ridículo y concluyó la soberbia fábrica, que por esta causa fue llamada Confusión[143].

Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable, que así aspira a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una autoridad usurpada, que no ha concedido Dios! Solo nos ha dado dominio absoluto sobre las bestias, los peces y las aves; este derecho tenemos, debido a su bondad; pero no ha hecho al hombre señor de los demás hombres, sino que reservándose este título para sí, dejó a la humanidad libre de toda servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta con someter a su orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar y desafiar al cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar allá arriba para atender a su subsistencia y a la de su temerario ejército, cuando el aire sutil que reina sobre las nubes seque sus groseras entrañas, y le prive de respiración, ya que no esté privado de sustento?»

A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal hijo que tal perturbación produce en la tranquila existencia humana, empeñándose en subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides, sin embargo, que desde tu culpa original, la verdadera libertad se ha perdido, la libertad gemela de la recta razón, y por consiguiente partícipe con ella de su mismo ser. Una vez oscurecida u olvidada en el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las pasiones violentas, que le privan del imperio que sobre él ejerce aquella, y de libre que era, le reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el momento en que consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de su razón, Dios le impone el justo castigo de someterle exteriormente a violentos opresores, que por lo común tiranizan con no menos injusticia su libertad externa; y es bien que exista la tiranía, aunque no por eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones decaerán de la virtud, que es la razón, de tal manera, que no la iniquidad, sino la justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su libertad externa y aun de la que interiormente disfruten. Testigo el hijo irrespetuoso de aquel que fabricó el arca, que a consecuencia de la afrenta con que infamó a su padre, oyó fulminar contra su viciosa raza esta maldición terrible: Serás esclavo de los esclavos.

»Caerá, pues, este último mundo, como el primero, de un mal en otro peor, hasta que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia de entre los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos en sus caminos de perdición, y a elegir entre todas las naciones una sola que sea la que le invoque, una nación que proceda del único hombre fiel, el cual more de la parte acá del Éufrates, aunque haya sido criado en el seno de la idolatría[144].

»¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos hasta el punto de abandonar al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del diluvio, y de adorar las obras salidas de sus propias manos, los leños y las piedras, como si fueran dioses? Pues a pesar de esto, el Altísimo Señor se dignará, por medio de una visión, alejar a ese hombre de la casa de su padre, de entre los suyos y del culto de sus falsos dioses, enviándole a una tierra que le mostrará; y hará que sea principio de una nación poderosa, a la cual colmará de bendiciones, de suerte que todas las demás naciones de su raza lleguen a ser igualmente benditas. Y ese hombre obedece al punto; no conoce la tierra adonde va, pero abriga una fe ciega. Yo estoy viéndole, aunque tú no puedas verle; veo la fe con que deja sus dioses, sus amigos, su suelo natal, la ciudad Ur de Caldea[145], pasando el vado para ir a Harán, y llevando en pos un séquito embarazoso de ganados y de sirvientes. No camina pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que le llama a una tierra desconocida; y llega a Canaán, donde descubre sus tiendas colocadas alrededor de Siquén y en la llanura próxima a Moreh; y allí se le promete para su descendencia la donación de toda aquella tierra, desde Hamath, por la parte del norte, hasta el Desierto, a la del mediodía (distingo los lugares por sus nombres, aunque estos nombres no existan ya), y desde el monte Hermón hasta el anchuroso mar occidental. A este lado Hermón; en el otro el mar. Mira en perspectiva estos puntos según los voy mencionando: en la costa el monte Carmelo; aquí la corriente del Jordán con los manantiales que la alimentan[146], verdadero límite hacia el oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en aquella larga cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de la tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar la cabeza de la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente revelado.

»Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre de fiel Abraham[147], dejará un hijo, y este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en fama, el cual acompañado de sus doce hijos partirá de Canaán para una tierra más adelante llamada Egipto, fertilizada y dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre este, y cómo desagua en el mar por medio de siete bocas. Invitado por el más joven de sus hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo de carestía. Ilústrase este hijo por sus hechos, que le elevan a ser el segundo en el imperio de los Faraones, y muere allí dejando una posteridad que muy pronto llega a ser una nación; la cual, creciendo de día en día, se hace sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y este procura atajar el incremento de aquella gente extraña tan numerosa, convirtiéndola de huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando muerte a todos los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos, llamados Moisés y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de la esclavitud, que regresan llenos de gloria y de despojos a la tierra de promisión.

»Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y menospreciaba su mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios terribles: los ríos se teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna; invadirán su palacio las ranas, los piojos y las moscas, y lo inundarán todo, y plagarán toda aquella tierra; sus ganados morirán de morriña y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus súbditos se cubrirán de úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el granizo con el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por donde pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre, consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en tinieblas todos sus reinos, tinieblas palpables que suprimirán tres días; y finalmente, en una misma noche y de un solo golpe morirán todos los recién nacidos de Egipto. Traspasado de diez heridas el dragón del río[148], consentirá entonces en la partida de sus huéspedes, y con frecuencia humillará su empedernido corazón; mas como el hielo que se endurece de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de mayor ira, perseguirá a los que ya había dejado libres, y el mar le tragará con su hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos muros cristalinos; y la vara de Moisés tendrá separadas las olas hasta que el pueblo del Señor llegue a su segura playa.

»Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios estará presente en su Ángel, que caminará delante de ellos en una nube y en una columna de fuego, de día en la nube, de noche en la columna, para guiarlos en su camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga el obstinado rey. Y los perseguirá en efecto, toda una noche; pero se interpondrá la oscuridad para defenderlos hasta que se aproxime el alba; y entonces Dios, dirigiendo sus miradas a través de la columna y de la nube, confundirá a las impías legiones y hará polvo las ruedas de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá Moisés su poderosa vara sobre la mar, y la mar obediente a ella, volverá sus olas sobre los ordenados escuadrones y dejará allí sepultados a sus guerreros. En salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán, atravesando el áspero Desierto, pero no directamente, por temor de que alarmados los Canaanitas, no susciten una guerra que amedrente a gente inexperta en ella, y el miedo la obligue a retroceder a Egipto, prefiriendo la vida menguada de la esclavitud; porque para los nobles como para los que no lo son, la vida más dulce es la más extraña a las armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de desesperación.

»La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado que podrán fundar un gobierno, y entre sus doce tribus elegir un gran senado que ejerza su autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá Dios al monte Sinaí, cuya nebulosa cima le recibirá temblando, y desde allí entre truenos y relámpagos y estruendoso tañido de trompetas les dictará sus leyes, unas referentes a la justicia civil, otras a los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio de imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la Serpiente y el modo con que proveerá a la salvación del género humano. Pero la voz de Dios es temerosa al oído humano, y así le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés, poniendo término a su temor; y Dios accederá a su ruego, una vez persuadidos de que no podrán acercarse a Él sin mediador, sublime oficio que desempeña Moisés ahora en figura, para introducir otro gran mediador cuyo tiempo predecirá; y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento del gran Mesías.