MILTON


DE RICHARDSON

Si algún libro ha habido jamás verdaderamente poético, es decir, lleno de poesía, es el Paraíso perdido. ¡Qué afluencia de hechos deducidos de una fuente histórica tan escasa! ¡Qué de mundos inventados! ¡Qué naturaleza tan bella nos presenta ante los sentidos! En ningún otro poema se pintan las cosas divinas más sublime ni divinamente; en ninguno se da tan grandiosa idea de la naturaleza, tal como salió de las manos de Dios, con todo su encanto virginal, su gloria y su pureza; y en cuanto a la raza humana, ¿qué Homero hay que la presente más gigantesca, más robusta ni más valiente? ¿Qué pinturas o estatuas de los grandes maestros pueden sugerirnos un concepto tan exacto de su gentileza y superioridad? Todas estas grandezas brillan en aquel poema de la manera más perfecta e interesante. El ánimo del lector se siente predispuesto a gozar, y embargado por el placer, admira, y se embelesa, y cede a cuantas impresiones quiere el poeta producir en él. En este poema se halla la fuente de todo conocimiento, de toda religión y de toda virtud, dado que infunde en el alma una paz inefable, un dulce consuelo y una alegría íntima luego que se penetra uno del verdadero sentido del escritor, y presta dócil atención a sus armoniosos cantos.

Al leer la Ilíada o la Eneida hallamos una colección de bellísimos cuadros, lo mismo que al leer el Paraíso perdido; pero para ejecutar los primeros hay, hablando en el lenguaje profesional, muchos Rafaeles, Corregios, Guidos, etc., al paso que las pinturas de Milton son más grandes y sublimes, más divinas e interesantes que las de Homero y Virgilio y cualquier otro poeta, o para decirlo de una vez, muy superiores a las de todos los poetas antiguos y modernos.

DE NEWTON

No hay página del Paraíso perdido en que el autor no dé muestras de ser un crítico eminente y un apasionado admirador de la Sagrada Escritura. De esta ha tomado infinitamente más que de Homero, de Virgilio y de todos los demás libros. En la Escritura tiene su fundamento no solo la acción principal, sino todos los episodios. La Escritura, no solo le ha suministrado los más nobles conceptos, sino engrandecido sus pensamientos y sublimado su imaginación; y al propio tiempo ha enriquecido sobremanera su lenguaje, dando a la dicción cierta majestad solemne, y sugiriéndole las más apropiadas y felices expresiones. Aprendan pues los lectores con este ejemplo a leer devotamente las Sagradas Escrituras. Si alguno hay que se atreva a ridiculizarlas o mirarlas con indiferencia, lo menos que puede decirse de él es que dista mucho de comprender el gusto y el genio de Milton; porque el que verdaderamente tenga uno y otro, estamos seguros de que estimará este poema como la más excelente de todas las composiciones modernas, y la Escritura como el mejor de todos los libros antiguos.

DE JOHNSON

Voy ahora a examinar el Paraíso perdido, poema que con relación a su objeto bien puede ocupar el lugar más preferente, y con respecto a la ejecución, el segundo entre las producciones del ingenio humano.

Es opinión común a todos los críticos que el autor de un poema épico debe considerarse como el genio más privilegiado, porque requiere un conjunto de facultades de las cuales basta solamente alguna para otras composiciones. La poesía es el arte de unir lo agradable y lo verdadero, excitando a la imaginación como un poderoso auxiliar de la inteligencia. La poesía épica aspira a enseñar las verdades más importantes por medio de preceptos agradables, y para ello refiere los grandes hechos del modo que más interés produzcan. La historia debe suministrar al escritor los datos de la narración, datos que aprovecha y realza con arte superior, que vivifica con dramática energía y que reviste con útiles recuerdos y reflexiones; la moral le prescribe límites exactos, considerando bajo diferentes puntos de vista la virtud y el vicio; de la política y la práctica de la vida aprende a discernir los caracteres y a describir las pasiones, cada una de por sí o combinadas unas con otras; y la fisiología le ayuda a su vez con mil recursos e imágenes. Para levantar con todos estos materiales un edificio poético, se requiere una imaginación capaz de pintar a la naturaleza y de inventar lo que no existe; y nadie puede llamarse poeta si no posee todas las riquezas del lenguaje y distingue todos los primores de la frase o el colorido que resulta de ella, y sabe acordar los diferentes sonidos con las infinitas variedades de la modulación métrica.