Bossu es de opinión que el primer propósito del poeta debe ser hallar una moral que ilustre y realice después por medio de su fábula. Este parece haber sido el único fin de Milton, pues así como en otros poemas la moral es una consecuencia o un mero incidente, solo en Milton es una cosa esencial e intrínseca. Su objeto fue el más útil y el más difícil de todos, justificar los designios de Dios respecto al hombre; mostrar lo razonable de la religión y la necesidad de obedecer los preceptos divinos.
Para cumplir con este objeto era menester una fábula, una narración dispuesta con tal arte, que excitase el más vivo interés y la más grata sorpresa en el ánimo de los demás, y en esta parte de su obra preciso es confesar que Milton ha llegado a donde cualquier otro poeta. En su historia de la caída del hombre ha comprendido los sucesos que precedieron a este acontecimiento y los que sobrevinieron posteriormente; y con tal oportunidad introdujo todo el sistema de la teología, que no hay parte alguna de su obra que no aparezca necesaria en tal concepto. Apenas hay pasaje ni digresión alguna que no contribuya al desarrollo y progreso de la acción principal.
El asunto de un poema épico naturalmente tiene que ser un hecho de grande importancia: pues bien; Milton no trata de la destrucción de una ciudad, del establecimiento de una colonia, ni de la fundación de un imperio; su asunto es la suerte del mundo, las revoluciones del cielo y de la tierra, la rebelión contra el Ser Supremo suscitada por las criaturas más sublimes entre todos los seres creados; la derrota de sus huestes y el castigo de su crimen; la creación de una nueva raza de criaturas racionales; su ventura e inocencia original; la pérdida de su inmortalidad y la restauración de su paz y de su esperanza.
En la realización de los grandes sucesos solo pueden intervenir personas de elevada dignidad. Ante la grandeza desplegada en el poema de Milton, cualquiera otra desaparece; sus más débiles agentes son los seres humanos más dignos y más nobles, los primitivos padres de la humanidad, con cuyas acciones coincide la acción hasta de los mismos elementos, de cuya rectitud o de cuya extraviada voluntad dependen el estado de la naturaleza terrestre y la condición de todos los futuros habitantes del globo.
De los demás agentes del poema, los principales son tales que sería irreverente nombrarlos en ocasión menos importante; poderes de ínfima condición a quienes solo el freno del Omnipotente puede impedir la facultad de crear y de envolver los vastos límites del espacio en ruina y en confusión. Explicar los motivos y acciones de seres tan superiores de manera que la razón humana pueda comprenderlo y la humana imaginación representárselo es la empresa que este eminente poeta se propuso y que llevó a cabo.
En el examen de un poema épico entra por mucho el estudio de los caracteres que en él se emplean, y los que en el Paraíso perdido admiten este examen son los ángeles y el hombre, los ángeles buenos, y más, el hombre en su estado de inocencia y en su pecado.
Respecto a los ángeles, la virtud de Rafael es afable y benigna, condescendiente y francamente comunicativa; la de Miguel es majestuosa y sublime, y como es de suponer, celosa en cuanto corresponde a la dignidad de su propia naturaleza. Abdiel y Gabriel aparecen solo casualmente y obran como lo requiere su respectiva situación; la fidelidad solitaria de Abdiel está pintada afectuosamente.
Los caracteres de los ángeles malos son muy diversos. A Satán, como observa Addison, se atribuyen sentimientos propios del ser más sublime y más perverso. Clarke ha censurado a Milton por las impías blasfemias que a veces pone en boca de Satán; «porque hay pensamientos, dice con mucha razón, que no puede justificar ninguna índole ni carácter, dado que no se atrevería a expresarlos ningún hombre virtuoso, aun cuando se le pasasen por la imaginación.» Hacer hablar a Satán como un rebelde sin usar de expresiones que pudieran ofender la delicadeza del lector, era una de las mayores dificultades con que tenía que luchar Milton, y no puedo menos de añadir que supo salir perfectamente airoso de ella. En las arengas de Satán hay pocas cosas que puedan ofender los oídos del hombre más timorato. El lenguaje de la rebelión no puede ser nunca el mismo que el de la obediencia. La malignidad de Satán se deja llevar siempre de su altanería y obstinación, pero sus expresiones, por lo común, son generales y ofensivas en cuanto nacen de un corazón perverso.
Los demás caudillos de la rebelión celeste están diestramente dados a conocer en los libros 1.º y 2.º, y el feroz carácter de Moloc es siempre consecuente, lo mismo batallando que aconsejando.
Adán y Eva están durante su inocencia dotados de sentimientos que solo las almas puras pueden comprender y expresar; su amor es pura benevolencia y mutua veneración; se procuran el alimento sin ansia alguna y se muestran diligentes sin fatigarse. En sus oraciones al Criador apenas hay más que la efusión del asombro y de la gratitud. Disfrutan y no se les ocurre averiguar más; son inocentes y no abrigan temor alguno.