Pero con el pecado empiezan la desconfianza y las desavenencias, las acusaciones recíprocas y el empeño de disculparse; se miran ya uno a otro con prevención y temen que el Criador vengue la injuria que le han hecho; pero por fin vuelven en sí para implorar su perdón, va labrando en ellos el arrepentimiento y acaban postrándose en ademán de súplica. Adán, sin embargo, aparece siempre superior antes y después de la caída.

Acerca de lo verosímil y maravilloso, dos condiciones del poema épico vulgar que sugieren a los críticos profundas consideraciones, el Paraíso perdido no da lugar a muchas. Contiene la historia de un milagro, el de la creación y la redención; ensalza el poder y la misericordia del Ser Supremo, y así lo verosímil resulta maravilloso y lo maravilloso verosímil. Lo esencial en una narración es que sea verdadera, y como en la verdad no hay elección posible, supuesto que es necesaria, está sobre todos los cánones y reglas. En las partes accesorias y eventuales, puede, como en todo lo humano, hacerse algunas excepciones. Mas lo verdaderamente importante se apoya en inmóviles fundamentos.

Ha observado muy oportunamente Addison, que este poema por la naturaleza de su asunto lleva a todos los demás la ventaja de interesar universal y perpetuamente: todo el género humano de todos tiempos ha de tener la misma conexión con Adán y Eva, y cada hombre ha de participar del bien y el mal que se hace extensivo a todos.

En lo tocante a la máquina con que se da a entender la oportuna intervención de un poder sobrenatural, otro asunto inagotable de observaciones críticas, nada hay que hablar aquí porque cuanto sucede es bajo la inmediata y visible dirección del cielo; pero de todas suertes, de tal manera está observada esta regla, que no hay acción ni parte de ella que llegue a realizarse por otros medios.

En punto a episodios hallo únicamente dos, la relación de Rafael sobre la guerra del cielo y el discurso profético de Miguel sobre las vicisitudes que ha de experimentar el mundo. Ambos están estrechamente unidos con la acción principal; el uno era necesario para la instrucción de Adán, y el otro para su consuelo.

Tampoco puede hacerse objeción alguna tocante a complemento o integridad del plan, pues cumple distinta y claramente con lo que Aristóteles exige, el principio, el medio y el fin. Quizá no hay poema de la extensión de este de que pueda suprimirse menos sin que resulte una verdadera mutilación. No hay en él juegos, funerales, ni la prolija descripción de ningún escudo; de las breves digresiones que se hallan al principio de los libros tercero, séptimo y noveno pudiera indudablemente prescindirse; pero ¿quién se atrevería a suprimir tan bellas superfluidades? ¿quién no desearía que el autor de la Ilíada hubiese deleitado a los siglos venideros con un tanto de conocimiento de sí mismo? Tal vez no habrá pasaje alguno leído tan frecuentemente y con tanta atención como estos trozos que pudieran llamarse extrínsecos; y si el fin de la poesía es deleitar, lo que tanto embelesa a todos no puede tenerse por antipoético.

Las cuestiones de si la acción del poema es estrictamente una, de si el mismo poema merece propiamente llamarse heroico, y de quién por último es el héroe, solo pueden ocurrirse a lectores que deducen el fundamento de su criterio más bien de los libros que de la razón. Verdad es que Milton califica solamente de Poema el Paraíso perdido, pero también le llama en otra parte Canto heroico. Indigna la petulancia e inconveniencia de Dryden que niega el heroísmo de Adán porque al fin resulta vencido; pero no hay razón alguna para suponer que el héroe no pueda ser desgraciado, y eso aún con la práctica establecida, desde que muy bien pueden no andar juntos el triunfo y el merecimiento. Catón es el héroe de Lucano; pero la autoridad de Lucano no bastaría a Quintiliano a darle la razón; y sin embargo, aún dada la necesidad del triunfo, puede decirse que el seductor de Adán al cabo se vio humillado, y Adán reintegrado en la gracia de su Hacedor, y por tanto, seguro de recobrar su dignidad humana.

Después del plan y artificio del poema, deben considerarse como partes que lo componen los afectos y la dicción.

Los afectos, como expresión de las acciones o pintura de los caracteres, en su mayor parte guardan siempre la precisión más rigurosa.

Rara vez se tropieza con trozos brillantes que contengan lecciones morales o reglas de prudencia, pues es tan original la forma de este poema, que así como nada humano admite hasta que ocurre la catástrofe, tampoco puede tratarse en él del procedimiento humano. Su fin es elevar el pensamiento sobre los cuidados o entretenimientos terrestres. El elogio de la fortaleza con que Abdiel mantuvo su valerosa y singular virtud contra el menosprecio que de él hacía su enemiga muchedumbre, a todos los tiempos puede acomodarse; y la severidad con que Rafael reprende a Adán cuando quiere enterarse de los movimientos de los planetas y la respuesta que da el mismo Adán, seguramente pueden oponerse a cuantas reglas prácticas han dado hasta ahora todos los poetas.