Los pensamientos que van sucesivamente eslabonándose son tales, que únicamente pueden ocurrirse a una imaginación en el más alto grado de entusiasmo y energía, excitada además por un estudio incesante y un inmenso espíritu de investigación. El ardoroso vigor de Milton puede decirse que sublima su gran saber y que impregna su obra en el espíritu de la ciencia que se sobrepone a todo lo que es terreno y vulgar.

Consideraba la creación en cuanto ella abarca, y así sus descripciones son siempre magníficas y propias de un hombre sabio. Había acostumbrado su imaginación a salvar cuantos obstáculos se le opusiesen, y sus conceptos por lo tanto son siempre grandiosos. Lo sublime es la cualidad característica de su poema. Desciende a veces a la elegancia; su elemento, sin embargo, es la grandeza. Puede a veces revestirse de alguna forma graciosa, pero su natural actitud es la elevación gigantesca. Agrada cuando es menester agradar, aunque su recurso favorito es producir admiración.

Parece saber acomodarse bien a la índole de su genio y conocer las cualidades de que la naturaleza le había pródigamente dotado más que a otro cualquiera; la facultad de abarcar la inmensidad, de realzar la esplendidez, de acrecentar lo terrible, de oscurecer más lo sombrío y aumentar lo que de suyo es pavoroso; y así eligió un asunto sobre el que no era posible extenderse mucho y en que podía darse vuelo a la imaginación sin incurrir en la extravagancia.

Ni los fenómenos de la naturaleza, ni los acaecimientos de la vida satisfacían bastantemente el anhelo con que buscaba cuanto era grande. El pintar las cosas como son en sí requiere una atención minuciosa y es propio de la memoria más bien que de la fantasía. Milton se complacía en explayarse por las vastas regiones de lo posible, porque la realidad era campo sobrado estrecho para su inteligencia. Empleó sus facultades en nuevos descubrimientos dentro de mundos en que solo puede campear la imaginación, embelesándose en hallar nuevos modos de existencia, en atribuir sentimientos y acciones a los seres superiores, en referir las discusiones que se tenían en la asamblea del infierno o en acompañar a los coros celestiales.

Pero no podía permanecer siempre en extraños mundos: tenía a lo mejor que descender a la tierra y hablar de cosas visibles y conocidas; y cuando no podía remontarse a lo maravilloso en alas de su talento, se complacía en dar muestras de su asombrosa fecundidad.

Cualquiera que sea el asunto de que trate no deja de poner en él su imaginación; pero sus imágenes y las descripciones de las escenas o fenómenos de la naturaleza no las toma siempre de formas originales, ni las presenta con la naturalidad, fuerza y energía de la observación inmediata; veía la naturaleza, según la expresión de Dryden, a través de la perspectiva de los libros y en muchas ocasiones tenía que llamar a la erudición en su ayuda. El jardín del Edén le trae a la memoria el valle del Enna donde Proserpina se entretenía en coger flores. Satán se abre camino por entre procelosos elementos, como Argos por entre las rocas Cianeas, o como Ulises entre los dos vagíos sicilianos cuando huía de Caribdis sesgando su nave. Con razón se le han criticado las alusiones mitológicas de que se vale y cuya inutilidad no siempre llega a comprender; pero es indudable que contribuyen a amenizar la narración y a excitar alternativamente la memoria y la imaginación.

Sus símiles son en más número y más varios que los de todos sus predecesores, y no se reduce a los límites de una comparación rigurosa, pues precisamente su gran recurso es la amplificación, dando una gran extensión, cuando la oportunidad lo requiere así, a la imagen más secundaria. Así, al comparar el escudo de Satán con el disco de la luna, lleva su imaginación hasta el descubrimiento del telescopio que dio lugar a tan maravillosas revelaciones.

En cuanto a los sentimientos morales no es mucho encarecer su elogio asegurando que deja muy atrás en ellos a todos los demás poetas, porque esta superioridad la debía a lo familiarizado que estaba con la Sagrada Escritura. Los antiguos poetas épicos, como no conocían la luz de la revelación, eran poco hábiles en la enseñanza de la virtud; sus principales caracteres tenían grandeza pero no eran simpáticos; el lector puede deducir de ellos los más grandes ejemplos de fortaleza activa y pasiva, y a veces hasta de prudencia, pero rara vez podrá aprender principios de justicia y mucho menos máximas de piedad.

Para los escritores italianos puede decirse que son vanas todas las ventajas del espíritu cristiano. Conocida es la depravación de Ariosto; y aunque la Jerusalén libertada puede considerarse como un asunto sagrado, el poeta ha escatimado más de lo justo la instrucción moral.

En Milton, por el contrario, cada verso revela la santidad del pensamiento y la pureza de las costumbres, menos en aquellos casos en que el transcurso de la narración exige la introducción de los espíritus rebeldes; y aún estos se ven obligados a confesar su sumisión a Dios de tal manera que inspiran reverencia y dan pábulo al sentimiento religioso.