Á LA MUERTE.
¿Temes, acaso, que al sentir tu mano,
tiemble asombrado el ánimo cobarde,
y se estremezca el alma recelosa?
Te engañas. ¡Temor vano!
¿Crees que te hablo en arrogante alarde,
que la mente medrosa
desmiente con terror? ¿Piensas acaso,
que sabiendo que Dios únicamente