y caminar con paso vacilante,
mústios los ojos y el cabello cano;
y, buscando un apoyo, á cada instante
¡triste tender la temblorosa mano!
Y cuando destruido y fatigoso
el cuerpo vuelva hácia la madre tierra,
ávido de reposo,
¿qué quedará de mí? ¿Tras de la tumba,
no habrá ya nada más? ¡Oh! sí: tras ella
está la eternidad, dulce consuelo,