no te pido, con súplica importuna,

ni paz del alma, ni tranquila muerte,

ni que el rigor endulces de mi suerte,

ni de este pobre mundo dicha alguna.

Sólo te pido, ahogando mis lamentos,

por la misma crueldad con que condenas

un débil sér á bárbaros tormentos,

que en mí arrojes dolor á manos llenas,

porque nunca me falten pensamientos

para cantar tus obras y mis penas.