que, oculto bajo un rostro de ángel puro,
hubiera un sér de cieno,—
cuando en su amor vivia más seguro,
la halló con no sé quién, yo no sé cómo,
y haciendo no sé qué, que no era bueno.
Y cuentan,—yo no sé si será cierto,—
que, herido por el duro desengaño,
le vieron discurrir hosco y huraño
buscando siempre el sitio más desierto,
y siempre solo, un año y otro año;