á la arboleda umbría,

sólo de ruiseñores habitada,

que, la intensa pradera atravesando,

termina en el umbral de tu morada.

Ya se iban apagando

del ciclo azul los tornasoles rojos...

Yo, el rostro contrayendo

de rabia y de dolor, cerré los ojos

y... ya nunca te aguardo maldiciendo.