plácidos otra vez aparecieron.
Tímido como el niño adolescente,
te persigo doquier; y hallarte espero,
cual el que sueña dichas y dormido
á sí mismo se guarda el dulce sueño,
temiendo, al despertar, todo el encanto
de su delirio contemplar deshecho.
¿Quién eres? ¿Quién á mí te ha conducido?
¿Acaso el ánsia de carnal deseo?
¡Ay de mí! No lo sé, que áun no te he hablado;