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¡Y tal felicidad era un delito!

¡Tanta dicha, mujer, crímen nefando!

¡Por qué? Yo no lo sé; pero es un crímen...

Por tal el mundo entero lo ha juzgado...

¿Qué importa? Yo desprecio su sentencia,

y en tus caricias y en tu amor soñando,

sólo sé que me arrastras en pos tuyo,

sólo sé que eres bella y que te amo.