En que se reprueba la opinión de Lactancio, que dijo no haber Antípodas.
Pero ya que se sabe que hay tierra á la parte del sur ó polo Antártico, resta ver si hay en ella hombres que la habiten, que fué en tiempos pasados una cuestión muy reñida. Lactancio Firmiano[45], y San Agustín[46] hacen gran donaire de los que afirman haber Antípodas, que quiere decir hombres que traen sus pies contrarios á los nuestros. Mas aunque en tenerlo por cosa de burla convienen estos dos Autores; pero en las razones y motivos de su opinión van por muy diferentes caminos, como en los ingenios eran bien diferentes. Lactancio vase con el vulgo, pareciéndole cosa de risa decir que el Cielo está en torno por todas partes, y la tierra está en medio, rodeada de él como una pelota; y así escribe de esta manera: ¿Qué camino lleva lo que algunos quieren decir, que hay Antípodas, que ponen sus pisadas contrarias á las nuestras? ¿Por ventura hay hombre tan tonto que crea haber gentes que andan los pies arriba y la cabeza abajo? ¿y que las cosas que acá están asentadas, estén allá trastornadas colgando? ¿y que los árboles y los panes crecen allá hacia abajo? ¿y que las lluvias y la nieve y el granizo suben á la tierra hacia arriba? y después de otras palabras añade Lactancio aquestas: El imaginar al Cielo redondo fué causa de inventar estos hombres Antípodas colgados del aire. Y así, no tengo más que decir de tales Filósofos, sino que en errando una vez, porfían en sus disparates, defendiendo los unos con los otros. Hasta aquí son palabras de Lactancio. Mas por más que él diga, nosotros que habitamos al presente en la parte del Mundo, que responde en contrario de la Asia, y somos sus Antictonos, como los Cosmógrafos hablan, ni nos vemos andar colgando, ni que andemos las cabezas abajo y los pies arriba. Cierto es cosa maravillosa considerar, que al entendimiento humano por una parte no le sea posible percibir y alcanzar la verdad, sin usar de imaginaciones, y por otra tampoco le sea posible dejar de errar, si del todo se va tras la imaginación. No podemos entender que el Cielo es redondo, como lo es, y que la tierra está en medio, sino imaginándolo. Mas si á esta misma imaginación no la corrije y reforma la razón, sino que se deja el entendimiento llevar de ella, forzoso hemos de ser engañados y errar. Por donde sacarémos con manifiesta experiencia, que hay en nuestras almas cierta lumbre del Cielo, con la cual vemos y juzgamos aun las mismas imágenes y formas interiores, que se nos ofrecen para entender: y con la dicha lumbre interior aprobamos ó desechamos lo que ellas nos están diciendo. De aquí se vé claro, como el ánima racional es sobre toda naturaleza corporal; y como la fuerza y vigor eterno de la verdad, preside en el más alto lugar del hombre; y vese, cómo muestra y declara bien que ésta su luz tan pura, es participada de aquella suma y primera luz; y quien ésto no lo sabe ó lo duda, podemos bien decir, que no sabe ó duda si es hombre. Así que si á nuestra imaginación preguntamos, qué le parece de la redondéz del Cielo, cierto no nos dirá otra cosa sino lo que dijo á Lactancio. Es á saber, que si es el Cielo redondo, el Sol y las estrellas habrán de caerse cuando se trasponen, y levantarse cuando van al medio día; y que la tierra está colgada en el aire; y que los hombres que moran de la otra parte de la tierra, han de andar pies arriba y cabeza abajo; y que las lluvias allí no caen de lo alto antes suben de abajo; y las demás monstruosidades, que aun decirlas, provoca á risa. Mas si se consulta la fuerza de la razón, hará poco caso de todas estas pinturas vanas, y no escuchará á la imaginación más que á una vieja loca: y con aquella su entereza y gravedad, responderá, que es engaño grande fabricar en nuestra imaginación á todo el mundo á manera de una casa, en la cual está debajo de su cimiento la tierra, y encima de su techo está el Cielo: y dirá también, que como en los animales siempre la cabeza es lo más alto y supremo del animal, aunque no todos los animales tengan la cabeza de una misma manera, sino unos puesta hácia arriba, como los hombres, otros atravesada, como los ganados, otros en medio, como el pulpo y la araña, así también el Cielo donde quiera que esté, está arriba, y la tierra ni mas ni menos, donde quiera que esté, está debajo. Porque siendo así, que nuestra imaginación está asida á tiempo y lugar, y el mismo tiempo y lugar no lo percibe universalmente, sino particularizado, de ahí le viene que cuando la levantan á considerar cosas que exceden y sobrepujan tiempo y lugar conocido, luego se cae: y si la razon no la sustenta y levanta, no puede un punto tenerse en pie: y así veremos, que nuestra imaginación, cuando se trata de la creacion del mundo, anda á buscar tiempo antes de criarse el mundo, y para fabricarse el mundo, también señala lugar, y no acaba de ver que se pudiese de otra suerte el mundo hacer; siendo verdad, que la razon claramente nos muestra, que ni hubo tiempo antes de haber movimiento, cuya medida es el tiempo, ni hubo lugar alguno antes del mismo universo, que encierra todo lugar. Por tanto el Filósofo excelente Aristóteles, clara y brevemente satisface[47] al argumento que hacen contra el lugar de la tierra, tomado del modo nuestro de imaginar, diciendo con gran verdad, que en el mundo el mismo lugar es en medio y abajo, y cuanto más en medio está una cosa, tanto más abajo, la cual respuesta alegando Lactancio Firmiano, sin reprobarla con alguna razon, pasa con decir, que no se puede detener en reprobarla por la priesa que lleva á otras cosas.
NOTAS:
[45] Lactant. lib. 7. de divin. institut. cap. 23.
[46] August. lib. 16. de Civit. cap. 9.
[47] Aristótel. 1. de cœlo. cap. 3.
CAPÍTULO VIII
Del motivo que tuvo San Agustín para negar los Antípodas.
Muy otra fue la razón que movió á S. Agustín, como de tan alto ingenio, para negar los Antípodas. Porque la razón que arriba dijimos, de que andarían al revés los Antípodas, el mismo Santo Doctor la deshace en su libro de los Predicamentos. Los Antiguos, dice él[48], afirman, que por todas partes está la tierra debajo y el Cielo encima. Conforme á lo cual los Antípodas, que según se dice, pisan al revés de nosotros, tienen también el Cielo encima de sus cabezas. Pues entendiendo esto San Agustín tan conforme á buena Filosofía, ¿qué será la razón por donde persona tan docta se movió á la contraria opinión? Fue cierto el motivo que tuvo tomado de las entrañas de la sagrada Teología, conforme á la cual nos enseñan las divinas letras, que todos los hombres del mundo descienden de un primer hombre, que fue Adan. Pues decir, que los hombres habían podido pasar al nuevo mundo, atravesando ese infinito piélago del mar Océano, parecía cosa increíble y un puro desatino. Y en verdad, que si el suceso palpable, y experiencia de lo que hemos visto en nuestros siglos, no nos desengañara, hasta el día de hoy se tuviera por razón insoluble la dicha. Y ya que sabemos, que no es concluyente ni verdadera la dicha razón, con todo eso nos queda bien que hacer para darle respuesta, quiero decir, para declarar en qué modo, y por qué via pudo pasar el linaje de los hombres acá, ó cómo vinieron, y por dónde, á poblar estas Indias. Y porque adelante se ha de tratar esto muy de propósito, por ahora bien será que oigamos lo que el Santo Doctor Agustino disputa de esta materia en los libros de la ciudad de Dios[49], el cual dice así: Lo que algunos platican, que hay Antípodas, esto es, gentes que habitan de la otra parte de la tierra, donde el Sol nace al tiempo que á nosotros se pone; y que las pisadas de estos son al revés de las nuestras, esto no es cosa que se ha de creer. Pues no lo afirman por relación cierta que de ello tengan, sino solamente por un discurso de Filosofía que hacen, con que concluyen, que estando la tierra en medio del mundo rodeada de todas partes del Cielo igualmente, ha de ser forzosamente lugar más bajo siempre el que estuviere más en medio del mundo. Y después añade: De ninguna manera engaña la divina Escritura, cuya verdad en lo que refiere haber pasado, se prueba bien, viendo cuan puntualmente sucede lo que profetiza que ha de venir. Y es cosa de disparate decir, que de estas partes del mundo hayan podido hombres llegar al otro nuevo mundo, y pasar esa inmensidad del mar Océano, pues de otra suerte no es posible haber allá hombres, siendo verdad que todos los hombres descienden de aquel primer hombre. Segun esto toda la dificultad de San Agustin no fue otra sino la incomparable grandeza del mar Océano. Y el mismo parecer tuvo San Gregorio Nacianceno afirmando, como cosa sin duda, que pasado el Estrecho de Gibraltar, es imposible navegarse el mar. En una Epístola que escribe[50], dice á este propósito: Estoy muy bien con lo que dice Píndaro, que despues de Cadiz es la mar innavegable de hombres. Y él mismo, en la oracion funeral que hizo á San Basilio, dice, que á ninguno le fue concedido pasar del Estrecho de Gibraltar, navegando la mar. Y aunque es verdad que esto se tomó como por refran del Poéta Píndaro, que dice, que así á sabios como á necios les está vedado saber lo que está adelante de Gibraltar; pero la misma origen de este refran da bien á entender cuan asentados estuvieron los Antiguos en la dicha opinion; y así por los libros de los Poétas, y de los Historiadores, y de los Cosmógrafos antiguos, el fin y términos de la tierra se ponen en Cadiz la de nuestra España: allí fabrican las columnas de Hércules, allí encierran los términos del Imperio Romano, allí pintan los fines del mundo. Y no solamente las letras profanas, mas aún las sagradas, tambien hablan en esa forma, acomodándose á nuestro lenguage, donde dicen[51], que se publicó el edicto de Augusto Cesar, para que todo el mundo se empadronase: y de Alejandro el Magno, que extendió su Imperio hasta los cabos de la tierra[52]; y en otra parte dicen[53]: que el Evangelio ha crecido y hecho fruto en todo el mundo universo. Porque por estilo usado llama la Escritura todo el mundo á la mayor parte del mundo, que hasta entonces estaba descubierto y conocido. Ni el otro mar de la India oriental, ni este otro de la occidental, entendieron los Antiguos, que se pudiese navegar, y en esto concordaron generalmente. Por lo cual Plinio, como cosa llana y cierta, escribe[54]: Los mares que atajan la tierra, nos quitan de la tierra habitable la mitad por medio, porque ni de acá se puede pasar allá, ni de allá venir acá. Esto mismo sintieron Tulio y Macrobio, y Pomponio Mela, y finalmente fue el comun parecer de los Escritores antiguos.
NOTAS: