23. — «Bien puede ser esso assí, replicó Fray Blas, pero los elogios de los otros dos Aprobantes no son equívocos, son muy claros y muy significativos; y en verdad, que ni uno ni otro son por ahí dos pelayres; ambos son sugetos de tanta forma, que les sobran dictados para assistir á un Concilio.» — «No lo niego, respondió el Maestro Prudencio; pero ya tengo dicho, que de elogios de Censores y de Poetas se ha de hacer poco caso, por quanto unos y otros, regularmente hablando, no dicen lo que verdaderamente son las obras que elogian, sino lo que debieran de ser. Si el mérito de estas se huviera de calificar por las ponderaciones de aquellas, las obrillas mas infelices y mas miserables; las indignas de la luz pública, y dignas solamente de una pública hoguera; las que contribuyen mas y con mayor justicia á que abulten mas y se aumenten cada dia los Expurgatorios: essas serian las mas excelentes, porque essas puntualmente son las que salen á la calle con mas ruidosas campanillas de Aprobaciones, Acrósticos, Epigrammas, Décimas, y Sonetos mendigados, quando tal vez no los haya fabricado el mismo Autor, buscando solo Amigos, para que le presten sus nombres. Y dexan por esso de estar expuestas á las carcajadas y al desprecio de los inteligentes, ni á que el Santo Tribunal de la Inquisicion se entre por ellas con vara levantada, sin dársele un bledo por la autoridad ni por la turba-multa de los Aprobantes?»

24. «Es cierto, que, si estos se reduxeran precisa y puramente á los estrechos términos de su oficio, que es ser unos meros Censores; si desempeñaran, como debian, la grande confianza que se hace de ellos, no aprobando obra, que no examinassen primero con el mayor rigor; si tuviessen la santa sinceridad de exponer todos sus reparos á los Tribunales que les cometen las Censuras, y se mantuviessen despues con teson en la honrada resolucion de no aprobar la obra, hasta que se huviesse dado plena satisfaccion á sus reparos, ó se huviessen corregido los desaciertos; entónces sí que serian de gran peso aun los elogios mas moderados de las Aprobaciones. Pero, si sabemos como se practica comunmente esta farándula; si es notorio, que la amistad, la conexion, ó la política son las únicas, que, por regla general, dan la comission á los Aprobantes; si ya se ha reducido esto á una pura formalidad y ceremonia, tanto que, si algun ministro, zeloso no ménos de la honra de las Ciencias, que del crédito de la Nacion, quiere que esto se lleve por el rigor de la razon y de la ley, se le tiene por ridículo, y aun se le trata de impertinente: qué aprecio hemos de hacer de los elogios, que leemos en essos disparatados Panegýricos, llamados Censuras por mal nombre?»

25. «O Fray Blas! Fray Blas! y quantas veces he llorado yo á mis solas este perjudicialíssimo desórden de nuestra Nacion, que no transciende ménos á Portugal, y apénas es conocido en otras Regiones! Y qué fácil se me figuraba á mí el remedio! Sabes qual es? Que se procediesse contra los Aprobantes, como se procede contra los Contrastes, y contra los Fiadores. Qué cosa mas justa? Porque el Aprobante no es mas que un Contraste, que examina la calidad y los quilates de la obra, que se le remite; es un Fiador, que sale á la eviccion y saneamiento de todo aquello que aprueba. Declaraste que era oro lo que era alquimía, que era plata lo que era estaño, que era piedra preciosa un pedazo de vidrio valadí? pues págalo, bribon, y sujétate á la pena, que merece tu malicia ó tu ignorancia. Si crees, que real y verdaderamente merece essa obra, que apruebas, los excessivos elogios con que la ensalzas, tácitamente te constituyes por Fiador de sus aciertos: si no crees, que los merezca, eres un vil adulador y lisongero. Pues, bellacon, trata de pagar lo que corresponde á la ruindad de tu lisonja, ó á la precipitacion de tu fianza.»

26. — «Padre nuestro, replicó Fray Blas, si se estableciera essa ley, ninguno se hallaria, que quisiesse admitir la comission de Aprobante ó de Censor.» — «Sí, se hallaria tal, respondió Fray Prudencio; porque en esse caso debieran señalarse Censores de oficio en la Corte, en las Universidades, y en las Ciudades Cabezas de Reyno ó de Provincia, á quienes, y no á otros, se remitiesse el exámen de todos los libros, que huviessen de imprimirse, como se practica en casi todas las Naciones de Europa, fuera de nuestra Península. Estos, claro está que havian de ser unos hombres de autoridad, de respeto, de gran caudal de ciencia, doctrina, erudicion, y sana crítica, pero sobre todo, de una entereza á toda prueba. Se les havian de señalar pensiones proporcionadas, y se havian de tener presentes su laboriosidad, su integridad, y su zelo, para premiarlos con los ascensos correspondientes á sus respectivas carreras. Pero, si alguno blandeasse, si fuesse floxo de muelles, si por respetos humanos y políticos, por floxedad ó por otros motivos, no cumpliesse con su obligacion, y aprobasse Libros, Sermones, discursos, ó papeles volantes, que no fuessen dignos de la luz pública; sabes á qué le havia de condenar yo? Despues de privarle de oficio, y de una declaracion pública y solemne de su insuficiencia, ó de su mala fé, le havia de condenar á que repitiessen contra él todos los compradores de la obra que havia aprobado, y á que satisfaciesse, sin remission, el dinero que malamente havian gastado aquellos pobres sobre la palabra y hombría de bien de la censura.»

27. «A mas se havia de extender esta providencia. Se havia de mandar sériamente á los Censores, que se ciñessen rigurosamente á los términos de su oficio, esto es, que fuessen Censores y no Panegyristas, diciendo en pocas palabras, claras y sencillas, el juicio que formaban de la obra, sin meterse con Séneca, Plinio ni Cassiodoro, y dexando descansar á los Padres, á los Expositores, á los Humanistas, y á los Poetas, cuyas autoridades solo sirven para acreditar la pobre y miserable cabeza del Censor, que quiere aprovechar aquella ocasion de ostentarse erudito con aquellos desdichados ignorantes, que califican la erudicion de un Autor por lo cargado y por lo sucio de las márgenes, sin saber los infelices la suma facilidad, con que el mas zurdo y el mas idiota puede hacer esta mani-obra. Nada de esto es del caso para cumplir con su oficio, el qual se reduce á dar su censura breve, grave, y reducida á lo que toca á la jurisdiccion del Tribunal, que se la comete.»

28. «Quantas necedades se atajarian con esta providencia? Quanto papel se ahorraria? Y quanto gasto escusarian los Autores, á quienes no pocas veces cuesta tanto la impression de las Aprobaciones, como la de la misma obra? Muchas y muchas pudiera citar, en que aquellas ocupan casi tanto volumen como todo el cuerpo de esta, pero las callo por justos respetos. Ningunos son mas perjudicados que los Autores mismos, si es que costéan la impression, porque compran ellos mismos sus elogios, y ellos los imprimen á su costa, para que vengan á noticia de todos. Puede haver mayor sandez, ni mayor pobreza de espíritu? Semejantes, en cierta manera, á los que alquilan plañideras para los entierros, á quienes les cuesta su dinero las lágrimas fingidas y artificiosas, que en ellos se derraman.[8]»

29. «No para aquí la miseria humana de algunos de nuestros Escritores ó Escribientes. Será creíble, que se hallen no pocos, que, á falta de hombres buenos, y por no deber nada á nadie, ellos mismos se alaben á sí propios, siendo los artífices de aquellos elogios suyos, que se leen estampados en la antesala de sus obras? Pues sí, amigo Predicador, se hallan hombres de tan buena pasta y de tan embidiable serenidad. Mas de dos y mas de veinte pudiera nombrarte yo, que han caído en esta flaqueza. No son tan simples (claro está), que suscriban sus nombres y apellidos al pié ó á la frente de sus elogios, que esse ya seria un candor, que se iria acercando al gorro verde ó colorado; pero con un anagramma, ó con un nombre supuesto, ó prestándoles el suyo ciertos aprendices de eruditos, que hay en todas partes, hermanos del trabajo, y las mas de las veces baxo la inscripcion anónyma de un Amigo, de un Apassionado, de un Discípulo del Autor, el buen señor se alaba á taco tendido, y embóquense essa píldora los lectores boqui-rubios.»

30. — «Pero, Padre Maestro, le interrumpió el Predicador, esse es juicio temerario, ó no los hay entre los Fieles Christianos. De donde le consta á V. Paternidad, que aquellos elogios fueron fabricados por los mismos Autores de las obras? Acaso se lo confiaron ellos á V. Paternidad?» — «Mira, Fr. Blas, respondió el M. Prudencio, no has de ser tan sencillo, que cierto algunas veces tienes unas parvoizes che fan pietá. No es menester que los Autores nos lo revelen para conocerlo: el mismo estilo se está descubriendo á sí propio; ni en prosa, ni en verso es fácil desmentirse ó desfigurarse, y, sin tener todo aquel olfato, que tienen los entendimientos bien abiertos de poros, para percebir el ayre sutilíssimo, que da en los escritos á conocer sus Autores, como se explica galanamente el Autor de la Carta contra la Derrota de los Alanos, qualquiera entendimiento ó, mejor diremos, discernimiento, que no esté muy arromadizado, luego sigue el rastro, porque le dan unos efluvios, que le derriban. Fuera de que, Autores hay tan bonazos, que ellos mismos lo confiessan. Y qué! juzgas que es sencillez? A la verdad no es otra cosa; pero los bellacones no lo decian por tanto, sino porque no tienen valor para resolverse á carecer de aquella gloria ó de aquella vanidad, que les resulta de que sepan sus confidentes, que tambien saben hacer coplas, aunque sean á sí mismos.»


CAPITULO IV.