13. «Para hacer, que San Blas hiciesse papel en el Mysterio de la Purificacion, no me sobraria otra cosa que materiales, aunque tales serian ellos. Pues, no estaba ahí el Santo Viejo Simeon, á quien muchos hacen Sacerdote, y aun algunos quieren, que fuesse Pontífice? Con hacer á uno figura ó representacion del otro, estaba todo ajustado: si me replicassen, que esto no podia ser, porque San Blas es abogado contra las espinas, y Simeon en el mismo Mysterio clavó á la Vírgen una, que la penetró hasta el alma, y la duró toda la vida; diria lo primero, que no es lo mismo espina que espada, y que Simeon habló de esta, y no de aquella; diria lo segundo, que hay espinas que atragantan, y espinas que vivifican, espinas que se atraviessan, y espinas que nos libertan; y para probar estos retruecanillos citaria cien textos de espinas apetecibles, que solo me costaria el trabajo de abrir y trasladar las Concordancias, y, en vez de Salutacion ó de Exordio, predicaria un herial. Pero, si no me pareciesse acomodar á San Blas por este camino, á la mano tenia otro. No dice Simeon, que, haviendo visto al Niño Dios, vió al que era la salud de su Pueblo? Quia viderunt oculi mei salutare tuum. San Blas no fué Médico de Profession ántes de ser Obispo? Pues con Médico, con salud, y con Pueblo enfermo, qué bulla, qué gira, y qué zambra no podia traher?»
14. «El Patronato de la Ciudad, y la piadosa proteccion con que ampara á estos Niños desamparados, estaba acomodado con la mayor facilidad del mundo. Tenia mas que recurrir á aquella Ciudad Santa del Apocalypsi, que es el refugio de los que predican por asonancia, ó no mas que por el sonsonete, y decir, que yo estaba ahora viendo en realidad lo que San Juan no havia visto mas que en figura; porque aquella Ciudad no era mas que representacion de esta, con la diferencia de que va tanto de la una á la otra, quanto va de lo vivo á lo pintado? Y para probar este disparate con otro mayor, havia mas que decir, que aquella ciudad, en sentir de muchos Expositores, representaba á la santa Ciudad de Jerusalen; y, haciendo memoria de que el Niño Jesus se perdió en Jerusalen, y que essos Niños de la Doctrina se ganan en Valladolid, preguntar en tono enfático y mysterioso, qual será Ciudad mas Santa, aquella en donde hasta el Niño Jesus se pierde, ó aquella donde se ganan los que no son Niños Jesuses? Ello no seria mas que una pregunta escandalosa, con su saborete de blasfema; pero faltarian ignorantes, que la oyessen con la boca abierta, y que, al acabar el Sermon, exclamassen: Nunquam sic locutus est homo: este sí que es hombre! Esto sí que es predicar! No hay hombre que predique como este!»
15. «Valga la verdad, señores; no es este el modo mas comun, con que se ajustan estas que se llaman circunstancias? Y no es cosa vergonzosa ajustarlas de este modo? Pero, por ventura se pueden acomodar de otra manera? Y ha de haver valor, no digo en un Orador Christiano, sino en un hombre de juicio, en un sugeto de mediana literatura para hacerlo, ni en un Auditorio cuerdo, capaz, culto, y discreto para aplaudirlo? No lo creo. De mí sé decir, que, hecha esta salva de una vez para siempre, encárguenme el Sermon que me encargaren, nunca haré el mas leve aprecio de otras circunstancias que de aquellas, que tuvieren una proporcion natural y sólida, ó con el mysterio, ó con el assunto. V. gr. la presencia de Christo Sacramentado, para solemnizar la Purificacion de su Santíssima Madre, tiene una naturalíssima correspondencia con el assunto y con el mysterio. Con el assunto, porque este se reduce á representar lo que la Vírgen padeció en el Mysterio. Con el Mysterio, porque una de sus principales partes fué el sacrificio, que hizo la Vírgen en ofrecer á su Hijo, para que padeciesse lo que padeció por los hombres; y en esta voluntaria oferta consistió todo lo que en la Purificacion padeció la Vírgen como Madre. Pues ahora: el Sacramento es memoria de la Passion de Christo: Recolitur memoria Passionis ejus: la Purificacion tambien es recuerdo de ella; con sola esta diferencia, que en el Sacramento se hace memoria de lo que Christo padeció, en la Purificacion de lo que havia de padecer. La Passion de la Madre en el Templo de Jerusalen no fué otra, que la Passion del Hijo en el Monte Calvario. Pues, qué cosa mas natural, ni mas proporcionada, que el que esté á la vista el monumento mas Sagrado de la Passion del Hijo en el dia, en que se hace memoria de la Passion de la Madre? De esta voy á predicar, implorando la assistencia de la Divina Gracia. Ave Maria.»
16. «Mire ahora el Padre Predicador, si hay en España quien haga justicia, y si falta quien saque la espada de recio contra esse pueril é ignorantíssimo uso, que me cita. Y ha de saber, que esta Salutacion fué oída con tanto aplauso del numeroso y escogido Auditorio, en cuya presencia se predicó, que aun aquellos mismos, que por inadvertencia ó por falta de valor estaban comprehendidos en lo que ella abominaba y reprehendia, salieron tan convencidos de su error, que se decian unos á otros lo que Menage y Balzac, dos célebres Escritores Franceses, se dixeron mutuamente al acabarse la primera representacion de la famosa Comedia de Moliere, intitulada: Las Preciosas ridículas, en que con inimitable gracia se hizo burla del estilo metaphórico y figurado, que por entónces se estilaba en Francia: Moliere (se dixeron el uno al otro) tiene sobrada razon; ha hecho una crítica juiciosa, delicada, justa, y tan convincente que no tiene respuesta; de aquí adelante, Monsieur, es menester que abominemos lo que celebrábamos, y celebremos lo que aborrecíamos. Con efecto, algunos de los Predicadores, que oyeron esta Salutacion, y que ántes se dexaban llevar de la corriente, avergonzados de sí mismos, despreciaron despues dicha mala costumbre, y comenzaron á predicar con solidez, con piedad, y con juicio, sin que por esso se les disminuyesse el séquito, ántes conocidamente creció la estimacion y el aplauso.»
17. — «Muy dóciles eran essos Reverendos Padres, respondió con su poco de ayrecillo irónico el Padre Fray Blas, si es que eran Religiosos, ó muy blandos de corazon eran sus mercedes, si fueron seglares. De mí sé decir, que no me ha convertido la Salutacion: tan empedernido estoy como todo esso; porque, aunque parece que hacen fuerza sus razones, á mí me hace mayor fuerza la práctica contraria de tantos Predicadores insignes como la usan, y sobre todo el aplauso con que celebran los Auditorios el toque y retoque de las circunstancias, enseñando la experiencia, que, como estas se toquen bien ó mal, aunque lo restante del Sermon vaya por donde se le antojare al Predicador, siempre es celebrado; y al contrario, como aquellas no se zarandeen, bien puede el Predicador decir divinidades, que el Auditorio se queda frio, tiénenle por boto, y le dan la limosna del Sermon á regaña-dientes y de mala gana.»
18. «Ni me diga V. Paternidad, que este es mal gusto del vulgo, y errada opinion de los que no lo entienden. Maestrazos, y muy Maestrazos, están en el mismo dictámen, y no quiero mas prueba que esse mismo Sermon de Santa Orosia, que tan en desgracia de V. Paternidad ha caído. Tres Aprobaciones tiene de tres Maestros conocidos y bastantemente celebrados, uno Dominico, otro Jesuíta, y el tercero de la misma Orden del Autor, que compuso y no predicó el Sermon: lea V. Paternidad los encarecidos elogios que le dan todos tres, y los dos primeros específica y nombradamente por el toque de las circunstancias, y dígame despues, si es cosa del vulgo, del populacho, y de ignorantes el aplaudir, que se haga caso de ellas.»
19. — «Mire, Padre Predicador, repuso el Maestro Prudencio con sorna y con cachaza, una pieza me ha movido, sobre la qual tendria que hablar algunas horas, si fuera ocasion y tiempo, aunque bastantes han hablado ya mucho y bien acerca de ella. Esta es la impropia y extravagantíssima costumbre, introducida en España y en Portugal, pero escarnecida generalmente de las demas Naciones, de que las Censuras de los Libros, y aun de los mas miserables Folletos, se conviertan en immoderados Panegýricos de sus Autores, siendo assí, que al Censor solo le toca decir breve y sencillamente, si el Libro ó el Papel contienen ó no contienen algo contra las Pragmáticas y Leyes Reales, ó contra la pureza de la Fé y buenas costumbres, segun fuere el Tribunal, que le comete la inspeccion ó que le despacha la remisiva: digo, que no es ahora ocasion ni oportunidad de censurar á los Censores, porque se va haciendo tarde, y se passará la cena; solo le digo, que en essas mismas Aprobaciones que me cita, ó yo soy muy malicioso, ó la del Maestro Jesuíta es muy bellaca, y harto será, que, bien entendida, no sea una delicada sátyra contra los desaciertos del Sermon en todas sus partes. A mí á lo ménos me da no sé qué tufo de que el Padrecito tiró á echarse fuera de alabar dicho Sermon, y á lo ménos es cierto, que por su misma confession declara repetidas veces, que él nada aprueba, ni alaba.»
20. «Supónese el bellacuelo muy de la familia, y muy de la Casa ó de la Orden del Autor: y asiéndose fuertemente del aldabon de laudet te alienus, que él construye, alábete el extraño, dice una vez, que no debe admitir el empléo de Aprobante; dice otra, que cuenta por una de sus mayores dichas el no poder alabar aquel Sermon; dice la tercera, que él es muy de casa para meterse en alabarlo; dice la quarta, hablando determinadamente de las circunstancias, que á él no le toca celebrarlo; dice la quinta, que los elogios caerán mejor en qualquiera otra boca, que en la suya; y finalmente dice la sexta, que aun por lo que toca al buen gusto del Cavallero, que da á la prensa el Sermon, será mayor consequencia, ó á lo ménos no dexará de ser mayor cortesanía dexar toda la accion de elogiarle á los de fuera: laudet te alienus. O yo soy un porro y no entiendo palabra de ironías, ó el tal Censor es un grandíssimo bellaco. Todo su empeño es echar el cuerpo fuera del assunto, huir la dificultad, y decir con gracia y con picaresca, que alaben otros lo que él no puede ni debe alabar. Y mas, que he llegado á maliciar (Dios me perdone el juicio temerario), que en aquella taymada construccion, que da al laudet te alienus, alábete el extraño, por la palabra extraño no entiende él precisamente á los que no fueren tan de casa, ó en el efecto ó en el afecto, como él se supone; sino que dexa en duda, si se han de entender los extraños en la facultad, los forasteros en ella, mas claro, los que no entienden palabra. Bien puede ser malicia mia, pero á mí me da el corazon, que no me engaño.»
21. — «Pues á mí me da el mio, replicó Fray Blas, que V. Paternidad se engaña mucho; porque, si esse Padre Maestro no queria aprobar el Sermon, quien le obligaba á hacerlo? Quien le ponia un puñal á los pechos, para que le aprobasse? A que se añade, que, si el Autor se valió confiadamente de él, para que le hiciesse essa merced, como regularmente sucede, que las Censuras se remiten por los Jueces á los que les significan los Autores, no es verisímil que le hiciesse essa traycion, y que, quando el pobre esperaba un panegýrico, se hallasse con una sátyra. La hombría de bien parece estaba pidiendo, que, si no podia acomodar con su conciencia intelectual el aprobarle, se escusasse de hacerlo, y no salir despues con essa pata de gallo.»
22. — «Poco á poco, Fray Blas, repuso el Padre Jubilado, que, aunque tu réplica es sin duda especiosa, y tu modo de discurrir, siquiera por esta vez, está fundado, no carece de repuesta, pues no siempre lo mas verisímil es lo mas verdadero. Qué sabemos si al Aprobante le pusieron en alguna precision política ó charitativa, á que no pudiesse honradamente resistirse? A mí se me figura un caso, que le tengo por muy natural. Es constante, que dicho Sermon no se predicó, no se sabe por qué, y tambien lo es, que, por lo mismo que no se predicó, el Autor, que era hombre bastantemente condecorado en su Religion, y sus parciales hicieron empeño en que havia de imprimirse, como en despique ó en satisfaccion de aquel desayre. Pues ahora, supongamos que el Provincial de dicha Religion no fuesse muy de la devocion del Autor, que fuesse estrecho amigo del Aprobante, y que se cerrasse en que no havia de dar licencia para que el Sermon se imprimiesse, miéntras no passasse por la censura de este. Ve aquí un caso muy verisímil, en que el Autor ó sus parciales batirian en brecha al pobre Jesuíta, ponderándole quanto se interessaba la estimacion, el honor, y aun los ascensos de aquel Religioso, en que no se negasse á hacerles este obsequio. Puesto un hombre de bien y de buen corazon en este estrecho, qué partido havia de tomar? Negarse á la censura, no havia términos para esso: aplaudir el Sermon á cara descubierta, no hallaba méritos para ello, ni lo podia componer con su sinceridad: reprobarle, era perder sin recurso al Autor en el concepto de su Gefe, y hacerse del vando de los que le insultaban. Pues, qué arbitrio, ó qué remedio? No parece se podia escoger otro mas prudente, que el que tomó: dar una censura equívoca, que ni aprobasse ni desaprobasse el Sermon, buscando un especioso pretexto para escusarse de alabarle él, y para remitir á otros toda la accion de alabarle.»