[6] Tambien en la príncipe hay «major»; y sin duda es errata.

[7] En Campos, quando se envía por un chico, que está estudiando Gramática, se dice: ya le envié la burra, ya fué la burra por él, etc.

[8] La escrupulosa fidelidad con que nos ceñimos á los monumentos, que seguimos en esta Historia, no nos permite el suprimir esta juiciosa invectiva del Maestro Prudencio contra los abusos referidos; pero, como hoy sabiamente se han reformado por Auto del Real y Supremo Consejo de Castilla de 19 de Julio del año passado de 1756, á cuya justa prudente providencia es de desear y de esperar, que se conformen los Jueces Eclesiásticos, en la parte que les corresponde; aunque sea cierta la enfermedad, le está ya aplicada la conveniente medicina, y ya no hay necessidad de la receta, que apuntan los monumentos de nuestra Historia.

[9] Pág. 3, l. 38. Escapulario: Una de la piezas del hábito, en ciertas órdenes, y, por decirlo así, la que constituía el distintivo de ella; de suerte que se decia: «ha vestido el escapulario de la Trinidad; ha ceñido el cordon de S. Francisco; ha cubierto su cabeza con la cogulla de S. Benito.» — El Escapulario consistia en una tira de tela ó tejido, generalmente de lana, cuyos color, hechura y dimensiones variaban segun la órden, de unos dos metros y medio de largo, por cincuenta centímetros de ancho, con una abertura casi en el comedio, por la cual se introducia la cabeza, de manera que una de las mitades del escapulario caía sobre el pecho, y la otra mitad colgaba encima de la espalda, campeando en aquella el emblema ó distintivo de la órden. Vestíase encima del sayal, y debajo de la capa ó manto.

Imitacion ó reminiscencia de este escapulario era el que usaban, y usan todavía, los devotos del Santo patrono de tal ó cual órden religiosa, el cual está formado de dos pedacitos de la misma tela, bien que de tejido mas fino y delicado, de unos diez centímetros de largo, por siete de ancho, enlazados entre sí por medio de dos cintas ó listones de tafetan, dispuestos de manera que, colocándolos encima de los hombros, simulan en cierto modo el escapulario de los frailes. En uno de los pedacitos indicados, el que podriamos llamar anterior, va superpuesta una efigie del Santo titular, estampada en seda, ó el emblema de la órden. Usanse generalmente debajo de las ropas exteriores; pero no faltan quienes los llevan tocando al cuerpo. Las monjas son generalmente las que se dedican á la elaboracion de tales lindezas, que adornan con primorosos adornos de bordados y pespuntéos, no faltando quien atribuya á los escapularios virtudes especiales para la curacion de determinados achaques y dolencias, con lo cual se convierte en amuleto un objeto de mera devocion.

[10] P. 3, l. 41. Hermanos laicos. Eran los frailes gente avisada y fecunda en materia de imaginar arbitrios de toda naturaleza. Obligados por razon del oficio á trasladarse de unos á otros lugares, ora para asistir á los capítulos generales ó provinciales de la órden, ora para llenar otros deberes de su sagrado ministerio, y no teniendo todos los pueblos posadas cómodas y económicas, ó conventos ó monasterios donde alojarse durante el tránsito, no les quedaba mas recurso que el ofrecido por las ventas, las que, sobre ser míseras y fementidas, hallábanse frecuentadas por comediantes, arrieros, mercaderes y otras gentes alegres, maleantes y no nada santas, y por ende no las mas abonadas para alternar con los ministros de la religion. Atentos á esto discurrieron, pues, la invencion de las cartas de hermandad. Eran estas uno como título que se concedia, por punto general, á las personas de mas acomodo y distincion, mediante el cual adquirian ciertos derechos, exenciones é inmunidades, tales como poder comer carnes en dia de vigilia, en virtud de privilegio concedido por el Pontífice; el goce y disfrute de determinadas y muy especiales indulgencias, amen de los sufragios, plegarias y oraciones de todos los individuos de la órden; y el derecho de alojar en los conventos de la misma, que en este hecho se convertian en casa de posada para los que tenian carta de hermandad. En cambio los hermanos venian obligados á dar manutencion y albergue á los frailes de la órden, durante el tiempo que, en cumplimiento del mandato de sus superiores, debian permanecer en sus casas. Familias habia que gozaban carta de hermandad de diferentes religiones, y por lo tanto no hay para qué decir que eran contados los dias en que carecian de huéspedes: de aquí que existiera en tales casas un aposento que se distinguia con el nombre de dormitorio de los frailes, en el cual, puesto en un marco ó simplemente pegado á la pared, veíase el título ó carta de hermandad.

A los hermanos de esta clase pertenecia el honrado labrador de Campazas, y de ella salian los Mayordomos ó Mayorales de que se habla en el texto, á quienes se confiaba todo lo inherente á la fiesta que anualmente se celebraba en el pueblo en obsequio del Santo patrono ó tutelar. El mayordomo corria ademas con el gasto que ocasionaba la misma, de la cual formaba parte integrante la misa solemne con música y sermon, que predicaba el fraile elegido por el mayoral, procesion, y gaudeamus ó sea comida no de vigilia, sino muy de antruejo. Si bien se mira, quien en el negocio, materialmente considerado, salia perdiendo, era el que tenia carta de hermandad, el hermano, el frater, y acaso semejante consideracion dió pié al expresivo proverbio catalan: «Tot ho paga ’l cul del frare», al cual corresponde el modismo castellano: «Yo soy el culo del fraile».

Por lo demas no deben confundirse tales hermanos laicos, con los hermanos legos de los conventos, que eran servidores domésticos de la comunidad, y desempeñaban en ella los oficios mecánicos, tales como hortelano, cocinero, refitolero, etc. A veces, ya en el convento adquirian la instruccion necesaria y entónces pronunciaban los votos y entraban á formar parte de la órden.

[11] P. 4, l. 32. Padres Colegiales. Llamábase así á los que, por tener terminados sus estudios de Filosofía y Teología, se hallaban en aptitud para optar á alguna cátedra, y aguardaban á que hubiese vacante.

[12] P. 7, l. 30. Niños Malabares. Como si dijéramos «niños ignorantísimos». Mas adelante encontraremos tambien «autores Malabares», y «predicadores Malabares», y como semejante palabra, tomada en el sentido indicado, parece que constituye un contrasentido, aplicado á un escritor ó á un orador, juzgamos oportuno dar de ello una pequeña explicacion. En España, lo mismo que en todas las naciones que cuentan con extensas colonias, acontece que marchen á Ultramar, con ánimo de hacer fortuna, personas indoctas, de las últimas clases sociales, que permaneciendo en la madre patria difícilmente saldrian de su humilde y oscura posicion. Lo bueno es que, por punto general, se salen con la suya; mas se explica por aquello de que «en tierra de ciegos, el tuerto es rey». Gentes romas de mollera, que donde nacieron maldito si habrian aprovechado para mas que para escardar cebollinos, son verdaderas eminencias entre salvages. Lo que del vulgo de las gentes, puede decirse de los ministros de la religion: no todos son eminencias teológicas. Hay mas: para catequizar á los que yacen sumidos en las tinieblas de la ignorancia, y abrir sus ojos á los esplendores de la fé, basta con estar dotado de un espíritu de caridad eminentemente cristiana. Los primeros misioneros que pasaron á las colonias del Nuevo Mundo, mas que por sus luces se distinguian por su celo, por su abnegacion, por el sacrificio que hacian de sí mismos en aras de la fé, y de aquí que se les distinguiera con el calificativo, no muy cristiano que digamos, de Malabares; esto es autores, predicadores, sacerdotes, dignos solo, por su escasa ciencia, de vivir entre Malabares, y no ménos ignorantes que los salvages.