26. — «Basta, hermano Bartholo, basta,» le interrumpió el Magistral, que ya no podia aguantar mas tanto disparate, y, aunque havia dissimulado su mal humor todo lo possible por no desazonar la funcion, apurada ya la paciencia, se levantó de la mesa con pretesto de ir á dormir la siesta, haciendo lo mismo todos los demas convidados, á excepcion de Don Basilio, el Padre Vicario, Fray Blas, Fray Gerundio, el Familiar y el Donado, que se quedaron de sobre mesa, donde passó lo que dirá el capítulo siguiente.


CAPITULO VI.

De la Conversacion no ménos útil que graciosa, que se tuvo sobre comida.

1. — «Permítame vuestra Merced, Padre Fray Gerundio, que le dé mil abrazos, dixo Don Basilio, ahora que hemos quedado solos; rato mejor que el que vuestra Merced me dió con su admirable sermon, no le he tenido ni le he de tener en mi vida. Esso es predicar, y todo lo demas es hojarasca.» — «Yo tal digo, añadió el Padre Vicario; y, si un jóven al principio de su carrera comienza assí, qué será quando la acabe? Yo conocí á un Predicador de cierta Orden, hombre ya de canas y provecto, que, aunque predicaba á este mismo aire que el Padre Fray Gerundio, no merecia descalzarle los zapatos; y con todo esso le llamaban espanta-Madrid pues, qué será el Padre Fray Gerundio quando llegue á sus años? Seguramente que le llamarán el Monstruo de España, y todavía le vendrá estrecho el renombre.»

2. — «No te lo dixe yo, amigo Fray Gerundio?» interrumpió á esta sazon Fray Blas, rebosando gozo por todas sus coyunturas. «Si no huvieras seguido mis consejos y te huvieras dexado gobernar de las vejeces de nuestro Reverendo Padre Fray Caduco, lograrias ahora estos aplausos?»

3. — «Quien es esse Flayre? preguntó el Familiar, y qué consejos daba á mi sobrino?» — «Es un Reverendíssimo Matusalem, respondió Fray Blas, de essos que alcanzaron las valonas, el qual está muy mal con todo lo que en los sermones se llama conceptos, agudezas, equívocos, circunstancias; en una palabra, con todo aquello que hace el gusto y embeleso del auditorio y produce el aplauso del Predicador. Dádole ha que se ha de predicar á lo ramplon y á lo solidote; assuntos serios y naturales, verdades indubitables y de quatro suelas; pruebas macizas y de cal y canto y, como dicen, de estas que aplastan. De circunstancias no se hable: dice que no hay mas circunstancias que las de el mysterio del Santo ó del objeto de que se predica, y que todo lo demas es locura y profanacion, que muchas veces se roza en sacrilegio. Añade, que solicitar en los sermones el gusto ó el deleite del auditorio y el aplauso del Orador, es contra toda regla de la verdadera eloquencia, la qual solo debe tirar á convencer, á persuadir y á mover; pretendiendo que los conceptos delicados, las agudezas, los equívocos y las pinturillas deleitan, pero no convencen, ni persuaden, ni mueven. Vaya Usted viendo lo que adelantaria un pobre Predicador con estas reglecitas, y si al cabo del año tendria dos arrobas de chocolate en el caxon, ó si rodarian media docena de doblones en la naveta.»

4. — «Con que, esso decia esse buen Flayre?» volvió á preguntar el Familiar. — «Si, Señor, esso decia, esso dice, y esso estará diciendo por toda la eternidad, si Dios no lo remedia,» respondió Fray Blas. — «Pues mi alma, como la de su Reverencia, continuó el Familiar, yo soy un pobre monigote, como Ustedes ven, que solo sé leer con trabajo y echar mi firma con enfecultad; pero, por fin y por postre, dos deditos de entendimiento, de pricision los ha de tener todo hombre inracional. Mi voto le doy á esse Fray Mathias de Jerusalem, ó como le llama el Padre Predicador, y que me emprumen, si no le sobra la razon por los tejados. Quando voy á oir un sermon, sea el que se juere, voy siempre con entincion de que m’ agan güeno, ó espirándome deséos de emitar las vertudes del Santo á quien se perdica, ó propuniéndome alguna verdá de emportancia, que me la metan bien en la cabeza, y dempues como que me empujen el corazon á platicarla. Pero vaya Usté con Dios, que las mas de las veces m’ allo con una retaíla de garambainas, de entresijos, de sotilezas y de cercunloquios que, en mi ánima jurada, los entiendo yo tanto, ni sé á lo que vienen, como ahora llueven pepinos. Daca el Mayordomo, vuelve la Comedia, torna los novillos; si la Ciudá se llama assí; si su enfundidor se llamó asado; si danzaron ó no danzaron los profetas; si se usaron hogueras y cuetes y carretillas y triqui-traques en la ley de los Judíos. Dempues entran los Angeles que suben y baxan por la escala de Jacó; dempues aquellos Seraphines con sus seis alas, que no parecen sino los gorriones de todos los sermones; porque, ansí como los gorriones se encuentran en todos tiempos y en todas partes, ansí essos probes Seraphines salen á volar en todos los sermones, que no sé á fé mia como tienen ya fuerzas ni prumas; y en verdá que hicieron bien en ponerles tantas alas, una vez que huviessen de estar volando tan encontinuamente. Pues, qué diré de aquel que unos llaman carro, y otros carroza, de un tal Enzequiel? Habrá acarreado el dichoso carro mas paja en essos púlpitos de Dios que todos los carros de Cámpos, desde que se enfundió en el mundo la labranza. Con que, al cabo del sermon me güelvo á mi casa tan malo como me salí, sin haver entendido una palabra de toda aquella chanfonía; y vaya Usté con Dios, que hemos de decir, que el Perdicador es un hombre que se pierde de vista, siendo ansina que á muchos de ellos los llevara yo á la Inquisicion, si el Santo Tribunal me lo mandara.»

5. — «Señor Familiar, replicó Fray Blas, no hable vuestra Merced en lo que no entiende.» A que añadió prontamente Fray Gerundio: «Tio, pensar vuestra Merced que ha de alcanzar mas que tantos Predicadores famosos como predican assí, y tantos hombres discretos como los celebran y los aplauden, es demasiado pensar.» — «Sobrino, respondió el Familiar, cada probe alcanza aquello que Dios le ayuda. A esso de que tantos Perdicadores perdican ansí, y que tantos hombres discretos los celebran, digo que, porque son tantos los que perdican ansina, por esso me encarabrino yo tanto; y en quanto á los hombres discretos que los celebran, peor es urgallo. Yo confiesso, porque el Diabro no se ria de la mentira, que tambien los he uído apraudir á muchos; pero acá en mi imaginamiento todos eran unos tontos. Y á lo otro que dixo el Padre Perdicador, de que yo no lo entiendo, respondo á su Usencia que, como los sermones se perdican para que los entiendan todos, por el mismo caso que yo no entiendo los mas, digo que son malos, y no me sacarán de esto quantos Tiólogos hay en la Universidá de Salamanca.»

6. — «A muchos ha hecho bien poca merced el Señor Familiar», dixo á esta sazon el Padre Vicario con su acostumbrado entonamiento. «Si son necios los que predican de essa manera y los que gustan de sermones á esse aire, se verificará á la letra lo que dice el Espíritu Santo, que stultorum infinitus est numerus, será preciso contar en esse número á muchos hombres de bien, y yo, aunque no lo sea, desde luego me encuentro entre ellos, porque mas quiero errar con los muchos que acertar con los pocos.»