7. — «Fuego de Dios en la másima! replicó con viveza el Familiar; no me la meterá Usendíssima en la cabeza: en todo causo á mí me parece mas mejor acertar con uno solo que errar con todo el mundo; porque, en concrusion, el errar siempre es errar, y el acertar siempre es acierto.» — «No estará vuestra Merced tan solo por esse partido, dixo á esta sazon Don Basilio, que no tenga tambien á su lado al Señor Magistral; porque, assí en los sermones que le he oído, como en las conversaciones que se han ofrecido sobre la materia, con el exemplo y con la palabra se muestra tan opuesto á este modo de predicar, que es gusto oírle quando se zumba de él, y estremece quando le combate en serio.»
8. — «Por algo ha estado tan grave y tan espetado en toda la mesa, interrumpió el hermano Bartholo, que en toda ella no ha dicho esta boca es mia; y alguna vez que yo le miraba, estaba con un ceño que parecia un Enquisidor. Pero dempues de todo, yo me atengo á nuestro Padre Vicario y al Reverendo Padre Fray Bras, que son Perdicadores leídos; y de mí sé decir que, quando oigo uno de estos sermones agudos, me embobo tanto que es un alabar á Dios. Pues qué? si el Perdicador es hombre de manotéo y lo representa con garbo y, como dicen, con empropriedad! Entónces no trocaria yo un sermon por una comedia.»
9. — «Essa es otra, replicó el Familiar; Perdicadores he uído que no parecen sino mesmamente á unos farsantes que ví en Valladolí, una vez que fuí allá á cosas del Santo Oficio, y havia comedias. Ni mas ni ménos traquiñan las manos quando perdican, como las traquiñaba el primer galan, que decian era un pordigio. Si habran de cruz, espurren los brazos; si de una bandera, hacen como que la trimolan; si de una batalla, dan cuchilladas; si de una ave, parece que vuelan.» — «En esso hacen lo que deben, respondió magistralmente el Padre Vicario, porque las acciones han de acompañar á las palabras, en lo qual no debe diferenciarse el Predicador del Representante.»
10. — «A otro perro con esse huesso, dixo el Familiar, que yo no le roeré. Con que, quiere su Usencia encaxarnos que un Comediante y un Perdicador han de representar de la mesma manera?» — «Ambos han de pintar, en quanto sea possible, con las acciones, aquello que expressan con las palabras,» replicó el Padre Vicario. — «Sí, Señor, dambos tienen essa obrigacion, pero el Comediante como Comediante, y el Perdicador como Perdicador.» — «Pues, explíquenos vuestra Merced la diferencia,» dixo con un poco de desden el Padre Vicario. — «Oh! si yo supiera expricarla como acá la tengo en mi calletre, respondió el Familiar, no me truecaria por un Arcediano.»
11. — «A mí me parece, saltó entónces Don Basilio, que comprendo lo que quiere decir el Señor Familiar. Parécele que, siendo tan diversos los fines que se deben proponer el Comediante y el Predicador, han de ser tambien muy diferentes los medios, y que lo que en el uno es gala, hermosura, viveza y propriedad, en el otro seria locura, ridiculez, irrision y extravagancia. El Comediante solo tira á deleitar, á embelesar y á divertir; el Predicador únicamente debe intentar convencer, persuadir y mover. En aquel las acciones, los gestos y los movimientos parecen mejor quanto mas airosos, quanto mas vivos y quanto mas desenfadados: en este todo debe respirar gravedad, magestad, modestia y compostura; y, perteneciendo á la accion no solo el movimiento de las manos, sino el aire del semblante, la postura del cuerpo y hasta el tono de la voz, en todo debe reinar una modestia que no se pide al Comediante. Y á este propósito me acuerdo haver leído en Quintiliano, que el buen Orador ha de querer mas parecer modesto y encogido que garboso y desembarazado: modestus et esse et videri malit; y debe ser sin duda la razon, porque, siendo el principal fin del Orador el persuadir y el mover, todo aquello que le hace mas amable, le hace tambien mas eficaz, siendo cierto que el que es dueño del corazon se hace mas presto señor del entendimiento; y como el orgullo, la presuncion y la arrogancia desagradan tanto á todos, el Predicador que en sus movimientos, gestos, acciones y menéos se ostenta orgulloso, arrogante y presumido, de contado se hace aborrecible, ó por lo ménos enfadoso. De aquí es que la modestia y el encogimiento, que pocas veces cae en gracia á un Comediante, siempre es necessaria al Predicador; y harto será que no fuesse esto lo que el Señor Familiar quiso decir.»
12. — «Pero quando lo expricaria yo con essa heregía y craridad?» exclamó el Familiar, lleno de gozo, dando un abrazo á Don Basilio. «Vuestra Merced me bebió el pensamiento; y, ya que una cosa llama á otra, díganos vuestra Merced por vida suya, y assí tenga Dios en descanso al ánima de su Señora Madre (conocíla mucho, y era una muger... válame Dios, qué muger era!): díganos vuestra Merced, vuelvo á decir, qué cosa es modestia de la voz? Porque ansí al descuído con cuidado se dexó vuestra Merced caer este vocabro, y yo no entiendo bien lo que sanefica.»
13. — «Tampoco yo lo entenderia mucho, respondió el Canónigo, si por casualidad no lo huviera leído pocos dias há en cierto libro que me envió un amigo de Madrid, y trata de estas cosas de los Predicadores. Intitúlase La Eloquencia Christiana, y su Autor es un Jesuíta francés, llamado el Padre Blas Gisbert, hombre sin duda hábil, discreto y erudito, que trahe admirables especies, aunque á mi pobre parecer escritas no con el mejor méthodo del mundo; porque repite mucho, hacina bastante; no sigue la caza, pica mil cosas y luego las dexa; y en los muchos exemplares que trahe de San Juan Chrisóstomo, á quien propone con grandíssima razon por el mejor modelo de la eloquencia sagrada, aunque todos ellos son muy escogidos, me parece que está algo prolixo. Pero hola! quien soy yo para meterme á crítico, sin acordarme que esta facultad no se hizo para un pobre Canónigo bolonio? Vuelvo á la pregunta.»
14. «Dice pues este Padre, si no me acuerdo mal, hablando de la modestia de la voz, poco mas ó ménos, estas palabras: Serás modesto por esta parte, si evitas en tu voz cierto aire bronco, hinchado y dominante, que introduce hasta el corazon de los oyentes aquella enfadosa dissonancia, que su mismo desentono causa en el oído. Una voz dulce, fuerte, igual, flexible y modestamente imperiosa es de admirable auxilio para la persuasion. Por el contrario, el entendimiento siente no sé qué repugnancia en rendirse á unas razones que se derivan por un canal tan ingrato y tan desagradable, como es una voz grossera, desapacible, fiera, impetuosa y violenta.»
15. — «Y donde ha de ir á comprar otra, replicó Fray Blas, aquel á quien Dios se la dió con essas tachas?» — «Esso no lo dice mi Autor, respondió el Canónigo, y yo no he tomado el oficio de instruir á los Predicadores, porque soy poco hombre para esso. Solo refiero lo que he leído; bien que á mí me parecia, que el arte, el trabajo y el cuidado podian corregir essos defectos, y aún hago memoria, si no me equivoco, de haver oído ó leído, que Demósthenes y Ciceron, los dos mayores Oradores que ha conocido el mundo, ambos havian recivido de la naturaleza una voz bronca y destemplada, y ambos la reduxeron á un medio templado, sonoro y apacible, con el cuidado y con el exercicio.»
16. — «Pues oye su Mercé, Señor Don Basilio, dixo el Familiar; aunque es assí que essas vozarronas, que parecen berreaduras de güey ó de becerro, y essos menéos empetuosos de los Perdicadores, como los llama esse Padre Theatino Bras de qué sé yo qué, parece que le rompen á uno los cascos; pero á mí no me amohinan ménos otros Perdicadores que hay tan enmelados, con unas palabricas tan de azucre y de almíbare, unos cecéos y unos menéos de dama remilgada y de Sí Señor, que cierto dan á un hombre gana de gomitar.» — «Quando todo esso es natural, respondió el Canónigo, porque nace de un genio verdaderamente dulce, suave y blando, y de algun natural defecto de la lengua, no solo no fastidia, sino que cae en gracia, persuade y mueve; pero, quando se mezcla en ella la afectacion y el artificio, no hay cosa que mas empalague ni que mas irrite. Aún en una conversacion, el que afecta dulzaina, dengues y remilgamiento, se hace extremadamente fastidioso; pero, quando esto se quiere remedar tambien en el púlpito, no hay paciencia para tolerarlo.»