unicum illum,
Ulcera qui jussit castas tractare Camenas.
Ellos son los que han hecho, que ni en las conversaciones ni en las cartas familiares ni en los escritos públicos nos veamos de polvo gálico, quiero decir, que parece no gastan otros polvos en la salvadera que arena de la Loira, del Ródano ó del Sena, segun espolvoréan todo quanto escriben de galicismos ó de francesadas. En fin, ellos son los que, debiendo empeñarse en hacer hablar al Francés en castellano, (porque al fin essa es la obligacion del Traductor,) parece que intentan todo lo contrario, conviene á saber, hacer hablar al Castellano en francés; y con efecto lo consiguen.»
23. «En esto son mas felices aquellos Traductores, que en realidad son mas desgraciados. Si por su dicha y por nuestra poca fortuna encontraron con una obra curiosa, digna, instructiva y divertida, con ella nos echan mas á perder; porque, quanto mas curso tiene y mayor es su despacho, cunde mas el contagio, y el daño es mas extendido. Por ahí anda cierta obra que se comprende en muchos volúmenes, la qual, sin embargo de ser problema entre los sabios si es mas perjudicial que provechosa, ha logrado no obstante un séquito prodigioso: no hay librería pública ni particular, no hay celda, no hay gabinete, no hay ante-sala ni aún apénas hay estrado, donde no se encuentre, tanto que hasta los perrillos de falda andan jugueteando con ella sobre los sitiales. Cayó esta obra en manos de un Traductor capaz, hábil y laborioso á la verdad, pero tan apresurado para acabarla quanto ántes, que la publicó á medio traducir, quiero decir, que la mitad de ella la dexó en francés, y la otra mitad la vertió en castellano. Olvidóse sin duda el presuroso Traductor de que siempre se da bastante prisa el que hace las cosas bien, y el que las hace mal haga cuenta que las hizo muy despacio. Y qué sucedió? Lo que llevo ya insinuado: como estos libros se han hecho ya de moda en toda España, como los leen los doctos, los leen los semi-sabios, los leen los idiotas, y hasta las mugeres los leen; y como todos encuentran en ellos tantos términos, tantas cláusulas, tantos arranques y aún tantos idiotismos franceses, que jamas havian hallado en las obras mas cultas y mas castizas de nuestra lengua, qué juzgan? Que esta es sin duda la moda de la Corte, y, encaprichados en seguirla en el hablar como la siguen en todo lo demas, unos por no parecer ménos instruídos, y otros por ser en todo monas ó monos, apénas aciertan en la conversacion con una cláusula que no parezca fundida en los moldes de Paris.»
24. «Pocos dias ha que hablando con cierta Dama me espetó esta gerigonza: Un hombre de carácter tuvo la bondad de venir á buscarme á mi casa de campaña, y por cierto que á la hora me hallaba yo en uno de los apartamientos que están á nivel con el parterre; porque, como el pavis es de bello mármol, y el depósito de la gran fuente cae debaxo de él, sobre lograrse el mas bello golpe de vista, hace una estancia muy cómoda contra los ardores de la estacion. Este hombre de qualidad estaba penetrado de dolor, por quanto havian arrestado á un hijo suyo, haciéndole criminal de no sé qué pretendidos delitos, que, todo bien considerado, se reducian á unas puras vagatelas, y venia á suplicarme tuviesse con él la complacencia de interponer mi crédito con el Ministro, para que se le levantasse el arresto. Iba á proseguir, y, no teniendo ya paciencia para sufrir su algarabía, la pregunté si sabia la lengua francesa. Perdóneme vuestra Merced, Señor Magistral, me respondió al punto, no estoy iniciada ni aún en los primeros elementos de esse idioma todo amable. — Pues, como habla vuestra Merced, la repliqué yo, un elegante francés en castellano? — Ha Señor! respondió ella: estoy leyendo la célebre Historia de...,[23] que es un encanto.»
25. — «Ya me lo daba á mí el corazon, repliqué yo; essa Historia es sin duda una de las obras mas extraordinarias que hasta ahora se han emprendido: la materia[24] de que trata no puede ser de mayor interés, y los documentos en que se funda, de los quales no se desvía un punto, son infalibles. Por esso es la única Historia, de quantas se han escrito en el mundo, de la qual puede y debe uno fiarse enteramente, dando un ciego assenso á todo lo que dice. Añádese á esto, que en la lengua francesa está escrita con tanta elegancia, con tanta gracia y con tanta dulzura, que verdaderamente embelesa; y, en tomándola en la mano, no acierta un hombre á desprenderse de ella. No obstante huvo grandes dificultades para permitir que corriesse en español, y se examinó por largo tiempo la materia, pretendiendo muchos hombres doctos que su publicacion en lengua vulgar estaba expuesta á graves inconvenientes. Prevaleció la opinion contraria; y, aunque no sé si se siguieron ó no los inconvenientes que se temian, á lo ménos es visible la experiencia de uno, bastantemente perjudicial, aunque no de aquella linea, que acaso no se esperaba. Este es la corrupcion ó el estropeamiento de nuestra lengua, que á lo ménos en la extension es reo principalmente el Traductor de esta obra.»
26. «Fué tan feliz en su despacho como poco dichoso en su traduccion: quanto mayor ha sido aquel, mas se han extendido los desaciertos y los francesismos de esta.[24] Y, como no hay pueblo ni aún rincon en España donde esta Historia no se lea con ansia, tampoco le hay donde mas ó ménos no se haya pegado el contagio francés de que adolece. Este ha inficionado con mucha especialidad á las mugeres inclinadas á libros. Como casi todas se hallan destituídas de aquellos principios que son necessarios para discernir lo bueno de lo malo, y como todas, sin casi, son naturalmente inclinadas á la novedad, han encontrado mucha gracia en las voces, en las frases, en las transiciones y en los modos de hablar afrancesados, que hierven en dicha traduccion, y no es creíble el ansia con que los han adoptado.»
27. «Sucede á nuestras Damas Españolas con la lengua francesa, lo que sucedió á las Latinas ó Toscanas con la griega. Teníase por vulgar la que no empedraba de griego la conversacion, y aún llegó á tanto la extravagancia, que entre ellas no se reputaba por linda la que no pronunciaba aún el mismo latin con el acento ó con el dialecto áttico. Todo lo havian de hacer á la griega: hablar, vestirse, tocarse, comer, cantar, reir, assustarse, enojarse; en una palabra, afectaban el aire griego en todos sus gestos, acciones y movimientos. Y esto de qué nació? No solo del comercio de los Griegos con los Latinos, sino principalmente del desacierto de algunos Traductores latinos, que por ignorancia ó por capricho se empeñaron en latinizar una infinidad de nombres griegos. Cayó esto muy en gracia á las Damas; hicieron moda de la extravagancia, y dieron motivo á Juvenal para que justamente se burlasse de ellas en la Sátyra sexta, quando dixo:
Quædam parva quidem, sed non toleranda maritis.
Nam quid rancidius, quam quod se non putat ulla