nec tot simul Apula muscas
Arva ferant, nec tot vendat mendacia falsi
Institor unguenti, nec tot deliria libris
Adfuerit logicis, physicis aliisque Noriscus.»
17. «Bien quisieran ellos desterrarlas de sus mesas, de sus cartas y de sus despachos; mas, ó no se hallan con fuerzas para tanto; ó, viéndolas ya como connaturalizadas en virtud de la possession, aunque no muy larga, no quieren meterse á disputarlas la propriedad; ó, en fin, las dexan correr por otros motivos políticos, que á mí no me toca examinar. Pero como quiera, esté vuestra Merced persuadido á que estos no me recivirian mal, ni me oirian con desagrado, siempre que les hablasse como hablaban nuestros abuelos.»
18. — «A lo ménos, replicó Don Cárlos, no saldré yo por garante de que los Traductores de libros franceses hiciessen á vuestra Merced buen quartel; y en verdad que estos no son ranas, ni son en pequeño número, y que en la Corte hacen la mas bella figura.»
19. — «Déxelo vuestra Merced, Señor Don Cárlos, déxelo por Dios», replicó el Magistral. «Un punto ha tocado vuestra Merced en que no quisiera hablar, porque, si me caliento un poco, parlaré una librería entera. Traductores de libros franceses! Traductores de libros franceses! no los llame vuestra Merced assí; llámelos Traducidores de su propria lengua y corruptores de la agena, pues, como dice con gracia el Italiano, los mas no hacen traduccion, sino trahicion á uno y á otro idioma, á la reserva de muy poquitos, quos digito monstrarier omni, vel cæco facile. Todo el resto échelo vuestra Merced á pares y nones, y tenga por cierto que es la mayor peste que ha inficionado á nuestro siglo.»
20. «No piense vuestra Merced que estoy mal, ni mucho ménos que desprecio á los que se han dedicado ó se dedican á este utilíssimo y gloriosíssimo trabajo; disto tanto de este concepto, que en el mio son dignos de la mayor estimacion los que le desempeñan bien. En todos los siglos y todas las Naciones han consagrado los mayores aplausos á los buenos Traductores, y no se han desdeñado de aplicarse á este exercicio los hombres de mayor estatura en la República de las letras. Ciceron, Quintiliano, y el mismo Julio César enriquecieron la lengua latina con la traduccion de excelentes obras griegas, y á San Gerónymo le hizo mas célebre y le mereció el justo renombre de Doctor máximo de la Iglesia, la version de la Biblia que llamamos la Vulgata, mas que sus doctos Comentarios sobre la Escritura y los excelentes tratados que escrivió contra los Hereges de su tiempo. Santo Thomas traduxo en latin los Libros Políticos de Aristóteles, y no le grangeó ménos concepto esta bella traduccion que su incomparable Summa Theologica. Y á la verdad, si son tan beneméritos de su nacion los que trahen á ella las artes, las fábricas ó las riquezas que descubren en las extrañas, por qué lo han de ser ménos los que comunican á su lengua aquellos thesoros que encuentran escondidos en las extrangeras?»
21. «Assí pues, soy de dictámen que un buen Traductor es acreedor á los mayores aplausos, á los mayores premios y á las mayores estimaciones. Pero, qué pocos hay en este siglo que sean acreedores á ellas! Nada convence tanto la suma dificultad que hay en traducir bien, como la multitud de traducciones que nos sofocan, y quan raras son no digo ya las que merezcan llamarse buenas, pero ni aún tolerables! En los tiempos que corren, es desdichada la madre que no tiene un hijo Traductor. Hay peste de Traductores, porque casi todas las traducciones son una peste. Las mas son unas malas y aún perversas construcciones gramaticales, en que, á buen librar, queda tan estropeada la lengua traducida como desfigurada aquella en que se traduce; pues se hace de los dos un pataborrillo que causa asco al estómago francés, y da gana de vomitar al castellano. Ambos desconocen su idioma: cada uno entiende la mitad, pero ninguno entiende el todo. Yo bien sé en qué consiste esto, pero no lo quiero decir.»
22. «Lo que digo es, que con efecto los malos, los perversos, los ridículos, los extravagantes ó los idiotas Traductores son los que principalíssimamente nos han echado á perder la lengua, corrompiéndonos las voces tanto como el alma; ellos son los que han pegado á nuestro pobre idioma el mal francés, para cuya curacion no basta ni aún todo el mercurio preparado por la discreta pluma del gracioso Fracastorio,