Si esto es ser cultos, mas vale ser Payos.»

29. «Todo esto recité á la tal Señora mia, porque ya entónces lo sabia tan de memoria como ahora; y, sin dar lugar á que hablasse otra palabra, levanté la visita, y la dexé, á mi parecer, si no del todo enmendada, á lo ménos un poco corrida y no tan satisfecha de sus traducciones esguízaras ó mestizas, que nos han afrancesado nuestro puríssimo y elegantíssimo idioma, tanto que, si ahora resucitaran nuestros abuelos, apénas nos entenderian. Y, por no dissimular nada, sepa vuestra Merced, que el Autor de esta satyrilla es este Señor Eclesiástico, mi compañero y amigo, Canónigo tambien de mi santa Iglesia.» Y al decir esto señaló con el dedo á Don Basilio, que, no obstante su despejo, se sonrojó un si es no es.

30. Apénas lo oyó el Familiar, quando sin libertad para otra cosa le echó los brazos al cuello y exclamó todo alborozado: «Oh, Señor Don Basilio! Con que su Mercé tiene engenio para componer unas copras en verso tan aventajadas? Ya me lo daba á mí el corazon dende que le en la mesa aquella décima de diez piés, que me quedó aturrullado. Bien haya su Mercé que empréa la habilencia que Dios l’ a dado en golver por el habra de nuestros traseros, y no c’ aora ha dado en usarse una girigonza, que en mi ánima jurada no parece sino que todos habran latin. La postrera vez que fué á Vayaolí á cosas de Enquisicion, á un Crérigo, que diz que era de una Cofradía que se llama, se llama... ansina como cosa de Aca mia, el qual estuvo palrando con un señor enquisidor mas de una hora, y, aunque al parecer palraba en castellano, si le entendia un vocabro, se me escapaban ciento. Bien haya la madre que le parió á su Mercé, y Dios le dé mucha vida para emprearse en tan güenas obras!»

31. Como vió Don Cárlos, que no tenia de su parte el auditorio, y que no havia que esperar se introduxesse en Campazas el castellano á la papillota; temiendo por otra parte que, si duraba mas la conversacion, le havian de hacer añicos aquellos patanes, que por tales reputaba él á quantos no entraban en el lenguage á la moda, levantó la visita y, con pretexto de que tenia precision de dormir aquella noche en la Bañeza, se excusó á las muchas instancias que le hizo el Magistral para que la passasse en su compañía; montó á caballo, y prosiguió su camino.


CAPITULO IX.

Donde se cuenta el maravilloso fruto que hizo el sermon del Magistral en el ánimo de Fray Gerundio.

1. El qual assí atendió á toda la entretenida y graciosa conversacion, que passó entre el Magistral y el monsieuríssimo de Don Cárlos, como ahora llueven albardas; porque enteramente preocupado de la jabonadura, que aquel le estaba dando, no podia echar de la imaginacion las especies, pegándosele mas aquellas que le herian mas en lo vivo, no de otra manera que una mosca de burro se clava mas en la carne que otra mosca regular, por quanto aquella tiene el aguijon mas penetrante que esta. Sobre todo le afligia extrañamente ver desvanecidas en un instante todas aquellas alegres idéas de fortuna, que él se havia representado, dando por supuesto que su Tio quedaria encantado de sus prendas y talentos, luego que le oyesse predicar. Lloraba amargamente dentro de su corazon, que ya el Magistral, aunque llegasse á ser Arzobispo de Toledo, no haria caso de él, y que ni siquiera solicitaria con la Orden que le hiciessen Superior de una Pinzocha, quanto mas proporcionarle un Obispadillo en Indias, como ya él lo tenia consentido, y tanto que havia dado palabra á una buena viuda del lugar que, quando le hiciessen Obispo, (lo que á su parecer no podia tardar mucho,) llevaria consigo á un hijo suyo, que á la sazon tenia doze años, y le haria su Page de cámara, cosa que consoló infinitamente á la bendita de la muger, la qual le pidió por gracia, que no le dexasse comer turron ni mermelada ni cosa de dulce, porque el muchachuelo era goloso y padecia mucho de lombrizes, concluyendo que assí se lo suplicaba por amor de Dios á su Ilustríssima. Fray Gerundio la empeñó su palabra episcopal de que esta seria la primera advertencia que haria, assí á su Mayordomo como á el Maestro de Pages, y, dándola á besar la mano con mucha autoridad, la echó la bendicion y la despidió muy consolada.

2. Pero, como todas estas alegres imaginaciones se convirtieron en humo, luego que se acabó ó se interrumpió la terrible repassata del juicioso y docto Magistral, no se puede ponderar qué triste, melancólico y pensativo quedó el pobre Fray Gerundio: todos los demas salieron á despedir á Don Cárlos; solo él se quedó en la sala, sentado en una silla, el codo derecho sobre el brazo de ella, la cabeza reclinada sobre la mano, los ojos clavados en la tierra, y lanzando profundos suspiros de lo mas íntimo de su corazon. En esta postura le encontró su grande amigo Fray Blas, que hasta entónces havia estado durmiendo la siesta, para cuya larga duracion havia hecho méritos en la mesa; y, como no havia oído el sermon del Magistral ni assistido á la visita del Cortesano Don Cárlos, quedó estrañamente sorprendido, quando vió á Fray Gerundio convertido en una viva imágen de la misma melancolía.

3. «Qué es esto, Gerundio amigo?» le preguntó sobresaltado. «Qué novedad es esta? Assí te dexas dominar de la tristeza en el dia de tus mayores glorias? Quando has llenado de regocijo á tu patria, has de dar entrada en tu corazon á essa negra melancolía? Es possible que las bocas de todos están hoy empleadas en panegyrizar tus assombrosos talentos, sin acertar con otras voces que no sean las de tus mayores aplausos, y solamente la tuya ha de obscurecer la celebridad del dia con dolorosos suspiros? Te duele algo? Te ha sentado mal la comida? O acaso te atormenta tu aprehension, pareciéndote que dexaste algo que desear en el assombroso sermon que predicaste? ó que omitiste alguna circunstancia substancial, ó que pudiste tocar mejor alguna de las que tocaste, ó finalmente que alguno de los innumerables textos que traxiste no vino tan á pelo, como ahora se le representa á tu delicadíssimo ingenio? Pues te hago saber que, si es algo de esto lo que te melancoliza, miente tu aprehension como una grandíssima embustera, y no has de hacer mas caso de ella que de un cínife que te zumba á los oídos, todo bulla y nada substancia: no ha oído el Páramo sermon igual, ni en los famosos púlpitos, que bañan las aguas del rio Tuerto y las del rio Grande, se ha de predicar en muchos siglos panegýrico mayor; hora se mire la propriedad ingeniosa del assunto, hora se atienda la delicada oportunidad de las pruebas, hora se considere la menuda y sútil comprehension de todas las circunstancias, hora se reflexione la casi divina aplicacion de los textos, hora se examine la sutileza de los reparos y la agudeza de las soluciones, hora finalmente se pare la consideracion en la variedad hermosa del estilo, unas veces elevado, otras cadencioso, pero siempre sonoro, y elegante siempre: pues, siendo esto assí, de que te entristeces? qué motivo tienes para estar tan melancólico, tan enagenado y tan pensativo?»