4. — «Ay, Padre Predicador mio de mi alma, exclamó Fray Gerundio, y como se conoce que no sabe vuestra Merced lo que me ha passado con mi Señor Tio el Magistral! Pero aquí no estamos bien, ni podemos hablar con libertad; tomemos los sombreros y los báculos y salgámonos al campo por la puerta del corral, miéntras la gente está allá ocupada y divertida en despedir á un tal Don Cárlos, que viene de Madrid y para mí debió de ser algun Angel del Cielo, que traxo Dios para que me conservasse la vida; porque llegó á tiempo que ya no podia mas, y temí que me diesse un accidente, oyendo las cosas que me estaba diciendo mi Tio. La entrada de Don Cárlos cortó la conversacion, y ellos tuvieron allá otra á que yo no atendí, aunque me hallaba presente, porque me ocupaba enteramente la atencion aquello que me dolia. Salgámonos, salgámonos al campo, que ya rebiento por desahogarme con vuestra Merced, y oirá cosas que le aturdirán.»

5. Cogieron los sombreros, tomaron los báculos, y, sin que los viesse ninguno de los que estaban enfrascados en la bulla de la despedida, se salieron al campo por la susodicha puerta. Contó Fray Gerundio á su estrechíssimo amigo todo quanto le havia dicho el Magistral, sin perder casi punto, sýlaba ni coma; porque, sobre ser de una memoria feliz, como le havian penetrado tanto las razones de su Tio, se le havian gravado profundamente en el alma. Díxole, que lo mas que havia sentido en aquella sangrienta correccion era, que se la huviesse dado á presencia del Canónigo Don Basilio y del Familiar; porque, ademas de lo que perderia con ellos, no dexarian de divulgarlo entre otros muchos, y con esso iba su crédito por los suelos: especialmente desconfiaba mucho de su pariente el Familiar, porque le havia notado la grande complacencia con que estaba oyendo al Magistral, y que á su modo cerril y tosco seguia en todo las mismas máximas, á que se añadia tener un genio zumbon á lo socarron y ladino, en fuerza del qual no dexaria de divertirse á su costa todas las veces que se ofreciesse. Finalmente, no le dissimuló que le havian hecho mucha fuerza las razones del Magistral, y que estaba muy tentado á dexar la carrera, porque conocia que no era para ella, y entablar la pretension de que le volviessen á los estudios, ó, quando esto no pudiesse ya ser, que le dedicassen al choro.

6. «Víctor! dixo Fray Blas, y que te den un confite por la gracia: vamos claros, que la docilidad del chico y su blandura de corazon es admirable. Es possible, (pecador de mí!) que te haya hecho tanta fuerza el lastimoso sermoncillo del Señor Magistral, que, si solo se reduxo á lo que me has contado y yo te he estado oyendo con grandíssima paciencia, es de lo mas fútil y ridículo que se puede pensar? Dime, hombre apocado, te dixo alguna cosa tu Tio, que no hayas oído ya cincuenta mil veces? Añadió algo de substancia á las vejeces de nuestro Reverendo Padre Fray Borzeguíes Marroquíes, alias el Maestro Fray Prudencio? La missioncita que te predicó á tí el circunspectíssimo Señor Don Magistral, no es tan parecida como un huevo á otro huevo á la otra, que me predicó á mí aquel otro Reverendíssimo de márras, despues de mis dos famosos sermones de la Trinidad y de la Encarnacion, cuya memoria durará por los siglos de los siglos, y de cuyas utilidades se conservarán reliquias por algunos años en el baul y en las navetas?»

7. «Oh Señor, que son disparates! Oh Señor, que son locuras! Esto se dice, pero no se prueba. Mas séanlo en buen hora. Si las locuras y los disparates grangéan tanto aplauso, dónde hay en el mundo mejor ni mayor sabiduría? Si los disparates y las locuras son tan proficuos, qué mayor locura que ser cuerdo? ni qué mayor disparate que predicar con juício? A este precio sea sabio el que quisiere, que yo á mi bolsillo me atengo: éntrese en casa la dicha, y mas que se entre por la garita. Díxolo todo divinamente un Theatino, que en Dios y en mi conciencia es lástima que lo sea:

... Quod si hæc insania dici

Debet, amabilior nulla est sapientia; malo

Desipere hoc pacto, fias utcumque beatus;

Optandum ut fias; sunt et deliria tanti.»

8. «Ven acá, corazon de lana: tú no sabes la estrecha amistad y la grande correspondencia, que tiene el Señor Magistral con los padrotíssimos de la Orden? Ignoras que estos le han pegado sus máximas de in illo tempore, y que las suyas no son mas que echos de las de sus Reverendíssimas? Pues, si no te hicieron fuerza en la boca de estos, por qué te la han de hacer en la de aquel? Acaso las da mas peso la sobrepelliz y el bonete que el escapulario y la capilla?»

9. «Amen de esso, has de tener entendido que tu Señor Tio, á lo que he oído decir, se ha declarado sectario de ciertos Predicadores, que ahora se van usando assí en la Corte como fuera de ella, los quales se llaman Predicadores modernos, ó á la moderna, para distinguirlos de los antiguos, á quienes se los da el nombre de Predicadores veteranos, y con grande propriedad á mi pobre juício; porque, assí como en la milicia vale mas un soldado veterano que quatro visoños, assí en las campañas del púlpito un veterano Predicador importará por quatro modernos; y créeme que hablo con modestia, porque no exageraria mucho, aunque dixesse que valia por quarenta.»