Amenazante terror de la heregía,
Rocío que lleva á la gracia,
Y Doctor ardiente:
A la castíssima intacta flor,
Boca que vomita sabiduría,
Entendimiento inclinado al clamor,
Y amor de Dios ferviente,
Consagro con gusto estos inciensos,
Miéntras espero los dones futuros.»
8. «No me detengo ahora en los barbarismos ni en los solecismos, que hierven en el latin; porque, si me detuviera en esto, seria tan pobre hombre como el que lo compuso. Lo que me arrebata toda la atencion, es pensar qué cansado quedaria el brazo de su Autor, y qué ufanos los que costearon la impression de esta grande obra y sembraron de sus papeluchos á la Ciudad de Zaragoza. Entre quantos mentecatos passaria el artífice por un ingenio monstruoso! Quantos innocentes creerian que no se havian dado al Angel de las escuelas elogios mas delicados! Hora bien, Padre Maestro, yo no soy Poeta, ni permita Dios que lo sea. En serio he compuesto bien pocas coplas, y, aunque algunas se han celebrado, bien conozco que estoy muy distante de la perfeccion de esta facultad, tan grande como desgraciada; pero tanto como para componer de repente, no digo una décima, sino aunque sea una cancion real con su cola y todo, y un romance tan largo como el de Don Diego de Mendoza, con tal que sea sin connexion, sin órden, sin sentido, y á desbarrar á tiros largos, dicen que tengo algun talento, y en parte me inclino á creerlo, porque me he experimentado en algunas funciones. Pues á Dios y á dicha, y á salga lo que saliere, allá va essa décima con ecos, imitando perfectamente á las dos latinas; y sea para mayor honra y gloria de su incomparable Autor.