Nada les arredraba en el desempeño de sus tareas. Ni la inclemencia del clima, ni la aspereza del suelo, ni la ferocidad de sus habitantes, eran capaces de entibiar el celo de estos animosos campeones de la Fé, cuya filantrópica intervencion se estendió rápidamente de un cabo al otro del Nuevo Mundo.

Son imponderables los cuidados, los trabajos, los sacrificios que les costó el establecimiento de sus Misiones. A cada paso tropezaban en un obstáculo, y cada obstáculo se convertia en un peligro. En disidencia con los magistrados, en lucha con los encomenderos y débilmente amparados por el poder supremo de la metrópoli, tenian que buscar en sí mismos los medios de accion para desenvolver sus planes y evitar que se malográra su empresa. A las quejas, á las acusaciones, á las denuncias, oponian una conducta intachable y el estado tranquilo de sus colonias. Por mas que se afanáran sus émulos en pintarlos como hombres temibles y ambiciosos, nunca llegaron á dar á sus asertos la evidencia que se necesita para producir el convencimiento.

Los hechos, mas elocuentes que las palabras, desvanecieron estos ataques, y prepararon á los jesuitas una época de prosperidad y grandeza. Arbitros de la conciencia de los príncipes, é iniciados en los mistérios de los gabinetes, reunieron en sus manos todos los elementos de fuerza, de los que se valieron habilmente para cimentar su poder. Pero este teson en ensancharlo, mas allá de lo que correspondia á una corporacion religiosa, empezó á despertar los zelos de aquellos mismos que habian contribuido á fomentarlo. Las cortes de Lisboa y de Madrid, sometidas al influjo de Pombal y Aranda, trabajaron de consuno en derrocar este gobierno teócratico en América; y sus hostilidades acabaron con la supresion de los fundadores.

La história aun no ha rasgado completamente el velo que encubre este gran acontecimiento: el espirítu filosófico, que egercia una especie de dictadura en la segunda mitad de la pasada centuria, le atribuyó un orígen que no parece confirmado por los hechos.—Los Jesuitas no conspiraron contra los tronos, sino contra sí mismos, ocupando en la organizacion política de los estados un lugar que no podian conservar sin invadir los derechos y las prerogativas de la corona.—“No puedo sugetar estos Padres, (escribia al marques de Pombal su hermano Carvalho de Mendoza, Gobernador general de Marañon): su política y destreza son superiores á mis cuidados y á la fuerza de mis tropas. Han dado á los salvajes costumbres y hábitos que los unen á ellos indisolublemente.”—Las mismas quejas dirigian á la corte de Madrid los gobernadores del Paraguay, por la independencia con que los jesuitas administraban sus misiones, y las continuas competencias que les suscitaban. El rey mismo tenia que solicitar la cooperacion de estos misioneros para llevar á efecto algunas de sus medidas, que no siempre los hallaban dispuestos á segundarlas. Así sucedió con el tratado de límites de 1750, que fué preciso anular por la tenacidad con que se opusieron á la evacuacion y entrega de los pueblos fundados en la márgen oriental del Uruguay. Tenemos originalmente en nuestro poder la cédula por la cual el rey rogaba al P. Provincial del Paraguay á que concurriese por su parte á la egecucion de dicho tratado; usando de los términos mas comedidos, no como acostumbraba con sus subditos, sino como si tratase con iguales.

Esta resistencia despertó un levantamiento en las Misiones, y obligó al Señor Andonaegui, gobernador entonces de Buenos Aires, á ponerse de acuerdo con las autoridades portuguesas para impedir que el fuego de la insurreccion se propagase á los demas pueblos. Por mas que los jesuitas protestasen de su ninguna ingerencia en estos tumultos, no lograron justificarse; y se hallaban bajo el peso de estas imputaciones, cuando tuvieron que defenderse contra la acusacion mucho mas grave de haber atentado á la vida del rey en Lisboa. La debilidad de las pruebas en que se fundaba este aserto, y la incoherencia en las declaraciones de los inculpados no pudieron librar de la muerte al P. Malagrida, cuya memoria quedó afeada con la nota de regicida. Este suceso completó la ruina de la Sociedad, en la que fueron envueltos todos sus establecimientos.

Sea cual fuere el concepto que se tenga formado del espíritu y las miras de esta órden en Europa, es imposible desconocer el vacío que dejó su destruccion en América. Mientras que todo se deshacia y contaminaba, sus miembros se ocupaban en reedificar, y en dar ejemplos de caridad y templanza. Sobre este punto estan acordes las opiniones de todos los escritores, aun de los mas descontentadizos.

“Cuando en 1768 (dice uno de ellos, que no suele disimular las faltas que se cometieron en la administracion de las colonias), cuando en 1768, las misiones del Paraguay salieron de las manos de los jesuitas, habian alcanzado un grado de civilizacion, el mayor talvez al que pueda elevarse un pueblo jóven, y muy superior sin duda á todo cuando existia en el nuevo hemisferio. Allí, bajo la vigilancia de una policía rigurosa, se observaban las leyes, eran puras las costumbres, fraternales los lazos que unian á todos los corazones, se habian perfeccionado los artes útiles, no faltaban los agradables, era general la abundancia y nada se echaba menos en los almacenes públicos.”[1]

No es menos honorifica la pintura que hace del gobierno de estos regulares un ilustre viagero, que habló de ellos como testigo ocular.

“Hállase esta religion, (los jesuitas) fuera de los desórdenes de que hasta aquí hemos hablado; porque su gobierno, diverso en todo al de las otras, no lo consiente en sus individuos. Así no se vé en ellos la poca religion, los escándalos y el extravio de conducta que es tan comun en los demas: y aunque quiera empezar alguna especie de abuso, lo purga y extingue enteramente el celo de un gobierno sábio, con el cual se reparan inmediatamente las flaquezas de la fragilidad. Aquí brilla siempre la pureza en la religion; la honestidad se hace carácter de sus individuos, y el fervor cristiano, hecho pregonero de la justicia y de la integridad, está publicando el honor con que se mantiene igual en todas partes.”[2]

En esta escuela austera de costumbres se formó el P. José Guevara, autor de la história que nos ha cabido la suerte de sacar del olvido. Nació, en 1720, en Recas, pequeño pueblo en las inmediaciones de Toledo; y al entrar al adolecencia adoptó el instituto de San Ignacio, en donde pronunció sus votos luego que terminó sus estudios. Dotado de un génio activo y de un talento despejado, solicitó como un favor de pasar al Nuevo Mundo para participar de los trabajos de sus hermanos.