Como son muy laboriosas, empiezan luego con sus patillas á cavar la tierra, y en la profundidad de una cuarta dejan algunos huesos, los bastantes para fijar los fundamentos de nueva poblacion. Continuan el ejercicio de cavadores, profundando la cueva, y allí dejan segunda porcion de huevos. De esta manera, profundando mas y mas, hasta dos brazas (rara industria y teson infatigable), una sola madre hormiga propaga la especie con numerosas colonias. ¿Qué habitacion previene el Yzau para sus tiernos hijuelos? ¿Qué alimentos prepara para tanta multitud? ¿Como una sola madre fomenta tantos huevos depositados en tantos lugares?—Es misterioso arcano que no comprendemos: lo cierto es que, aunque no alcancemos los caminos de la naturaleza, ella no espera la humana direccion para plantear sus ideas, y cumplirlas.

Yo me contento con poner á la vista la admirable arquitectura de nidos que fabrican las hormigas para establecerse con seguridad en los anegadizos de los Xarayes. Como el terreno está dispuesto á inundaciones, y que el agua sube mucho, fabrican su morada sobre los troncos de los árboles. La materia es de barro, y las mismas hormigas hacen oficio de cargadoras que llevan el material, de amasadoras que lo templan, de albañiles que lo aplican, con proporcion tan compasada y division de piezas tan justa, que excede la mas delicada arquitectura. Aunque todo el material es de barro, tiene consistencia de piedra, y resiste á las aguas, de suerte que no penetren adentro. Como la clausura no es perpetua, y su naturaleza pide salir á respirar aires mas frescos, y juntar provisiones para el invierno, cada hormiguero tiene un caño, ó conducto interior por donde pueden salir y entrar libremente.

Donde las aguas no suben tanto, pero el terreno está expuesto á inundaciones, eligen un montecillo elevado, y sobre él cimentan su fábrica de barro en figura de torre, de dos para tres varas de alto. Esta torre por dentro está hueca, y al parecer sirve solamente para albergarse en tiempo de crecientes, porque entonces las aguas penetran su habitacion subterranea, y se ven precisadas á subir al torreoncillo con la seguridad que está bien argamasado, y capaz de resistir á las aguas que azotan al pié, y bañan el fundamento de la obra.

Antes de apartarnos de los Xarayes será bien referir otra especie de hormigas que se halla desde el rio Tacuarí hasta los anegadizos. Críanse en este espacio ciertos árboles, á los cuales los portugueses llaman “árboles de la hormiga”: son frondosos y lozanos, y su hermosura convida á mirarlos y tocarlos. Pero cuando la vista no se harta de mirarlos, embelesada con su admirable lozania, el cuerpo todo se llena de hormigas, que estaban sobre los árboles, y como si el contacto turbára su quietud, se convierten contra los perturbadores de su reposo y descanso. Y como cada uno de estos árboles está cargado de inumerables hormigas, son muchas las que se desprenden para herir al que osado se atrevió á tocar el árbol.

Otras hormigas hay, que aunque las llamemos plaga por el daño que pueden causar en las sementeras, pero son tolerables por la utilidad que acarrean: hállanse en pocas partes, y hasta ahora solo se sabe que se encuentran hácia la Villa Rica. Estas son fabricadoras de cera, que crian en unas bolitas sobre las plantas, llamadas guabirá-mirí, donde las recogen los Villeños, y derretidas al fuego se endurecen en cera blanca. De ella se hacen velas, pero su luz no es mucha, por ventura á causa de su dureza que no se derrita fácilmente, ni tanto que pueda nutrir el pabilo y la llama. Podria suceder que si algun fabricante la beneficiase, la experiencia le descubriria el modo de purificar la cera y aumentar la luz. El Ilmo. Señor Palavicino, Obispo del Paraguay, presentó algunas de estas velas al P. Bernardo Husdorfer, provincial de esta provincia, y este al P. Ladislao Oros, procurador á las córtes de Roma y España, para que pasase este invento americano al viejo mundo.

La plaga de mosquitos no se conjura contra los sembrados, pero se arma contra los vivientes, y la quietud de los viajantes. Los unos con la frotacion de las alas meten ruido tan confuso, que despabilan el sueño: los otros con sus aguijones chupan la sangre, y en pago de licor tan estimable que se llevan, dejan el precio de ardientes ronchas y escozor que mortifica y aflige por mucho tiempo. No hay reparo ni defensa contra su astucia: burlan la clausura de los mosquiteros, y cuando no hallan resquicio para entrar á cebarse á satisfaccion, meten su delicado aguijon por entre los hilos de los tegidos. El humo, dicen, que los ausenta; pero ese alivio, que niegan algunos, es tan costoso, que se puede dudar si es mas molesto el humo sin mosquitos, ó los mosquitos sin humo.

Los reales demarcadores que subieron rio Paraguay arriba, observaron que entre las tinieblas del humo lograban oportunidad de hincar sus aguijones á hurtadillas para satisfacer su hambre.

Sin embargo, los que habitan en Santa Fé, sus vecindades y otras partes, gustan de aires mas frescos y puros, y no consienten el ambiente ofuscado con humos. Puede suceder que la imaginacion de los patricios disminuya el número por hallar algun alivio, mas aprendido que real, contra enemigo tan impertinente. Pero siendo de una misma especie que los que se hallan en otras partes, es creible que tanto en unas como en otras, tanto cercados de humo, como sin él, mantengan la vida propia con sangre agena.

Otra plaga bien ordinaria en algunas partes de estas provincias, es la de los piques ó niguas, especie de insectos con figura de pulgas, pero menores que ellas, unos negros, otros blanquecinos, mas mordaces, y de acrimonia mas eficaz. Como son tan pequeños hallan fácil entrada, y con delicadeza se insinuan entre cútis y carne, donde en cuatro ó cinco dias fabrican una overa, cubierta de una túnica blanca y delgada, llena de pulgoncillos, con una abertura por donde sacan los pies y la boca: los pies para aferrarse fuertemente á la carne, y la boca para chupar incesantemente la sangre.

Cuando la overa llega á estado de reventar, en poco tiempo se extienden por el cuerpo los pulgoncillos, y empiezan á insinuarse entre tez y carne, formando bolsitas llenas de huevos, con la misma brevedad y presteza que la primera nigua, con una procreacion tan numerosa que cubre de insectos el cuerpo, y le encienden en una rabiosa comezon, que últimamente priva de la vida. Los que lo han experimentado aseguran, que uno solo que pique las extremidades de los dedos, hace inflamar las glándulas de los íngles, y no tiene mas remedio que sacar la nigua. Esta operacion, de que depende el alivio, se efectua descarnando con una aguja la bolsita y pulgon, y sin reventarlo se saca con todas las raices y ligamientos que la unian inseparablemente á la carne y membranas.