Pero la codicia, grande artífice de novedades para sus intereses, se ingenió en llevar adelante sus ciegos proyectos, y con la introduccion de un nuevo abuso suplió la privacion de otro. Desterrada la esclavitud de los indios, ocupó su lugar el servicio personal, á que eran obligados los miserables por un moderado tributo.
Sabido es en las histórias de Indias, que los Católicos Monarcas premiaban el valor de los conquistadores y personas beneméritas con el repartimiento de algunas parcialidades ó pueblos de indios, mas ó menos numerosos, á proporcion de los méritos y carácter de los sugetos, transfiriendo en ellos el derecho que tenian Sus Magestades de exigir el tributo que antes de la conquista pagaban á sus caciques, Incas y Emperadores. Llamábanse estos repartimientos, encomiendas, y las que las poseian, encomenderos, los cuales personalmente ó por medio de otros, que se llamaban pobleros y egecutores, velaban sobre el trabajo de los oficiales, y aprovechamiento del tiempo, logrando instantes de trabajo por no malograr los aumentos de sus intereses.
El fin de los Católicos Reyes en estos repartimientos; las obligaciones que imponian á los encomenderos; la piedad y conmiseracion con que mandaban fuesen tratados los indios de encomienda, pueden llamarse pensamientos inspirados del Cielo para la conversion de los Americanos y propagacion de la Fé entre ellos. Pero la insaciable codicia que todo lo trastorna, convirtió el moderado tributo en esclavitud de los tributarios, y abrogada aquella, en vez de un corto y pequeño gravámen, oprimió á los miserables con el servicio personal, el cual, fuera del nombre, tenia todos los caractéres, y producia todos los efectos de la esclavitud.
Era el servicio personal, para explicarlo de una vez, una opresion tiránica, que compelia á los indios con sus mugeres, hijos é hijas á trabajar de noche y dia en utilidad de los encomenderos: era una libertad esclava: libertad en el nombre, y esclava en la substancia, en los efectos y en la realidad: era un disfraz de servidumbre, que empobrecia la pobreza de los indios, y enriquecia los tesoros de los encomenderos: era un dogal, que á fuerza de increibles vejaciones y trabajos excesivos, sofocaba los espirítus de los indios, y privaba á millares de la vida: era un tocar alarma, para que se rebelasen con la opresion, y sacudido el yugo de Cristo, sacudiesen tambien él del español, como lo egecutaron en Chile los Araucanos; en Tucuman los Calchaquís, Pulares y Diaguitas; en el Paraguay, los Guaycurús, Paranás y Guaranís, y en el Rio de la Plata, los Frentones, Querandís y otros muchos.
Este abuso infame y opresion injusta de consecuencias infernales, conmovió los ánimos de los Católicos Reyes, y desde luego se desvelaron en desarraigarlo. Pero su empeño en muchos años no surtió efecto favorable; ya por la ambicion de unos, ya por la pusilanimidad de otros, que no tenian ánimo y les faltaba aliento para hacer frente á los encomenderos. Las cédulas expedidas á este fin respiraban misericordia y piedad, capaz de mover corazones mas dóciles y menos obstinados: pero la resolucion denodada de los encomenderos, y su temerario atrevimiento, resuelto á cualquier arrojo, obligó á los reales ministros á suprimir los instrumentos de su comision para abrogar el servicio personal; hechos cómplices del delito, incursos en fea desobediencia á las reales órdenes, los que mas debieran promover su egecucion en materia de tanta importancia.
Así se pasaron muchos años, los Reyes mandando, los Gobernadores desobedeciendo, los encomenderos triunfando, y los varones de celo suspirando inutilmente. ¡Tales eran y tan profundas las raices que habia echado la codicia en los corazones de los encomenderos! Entrado ya el siglo décimo septimo, tocó Dios el corazon de D. Juan de Salazar, hidalgo portugues, avecindado en Tucuman: caballero piadoso, cristiano y rico, que pasado á España, consumió toda su hacienda abogando en presencia de Felipe III en favor de los indios contra el servicio personal, y ultimamente murió, no sin sospecha de veneno, juez comisionario con ámplios poderes para desarraigarlo en la provincia de Cuyo.
Este generoso y compasivo portugues, consiguió, estando en la Corte, que en el reino de Chile se estableciese Real Audiencia, y para las provincias de Tucuman, Rio de la Plata y Paraguay se asignase un visitador, cuya principal incumbencia habia de ser el exterminio del servicio personal, odioso á los indios, y denigrativo de la nacion española. La cédula se expidió en 27 de Marzo de 1606, pero su egecucion retardaron algunos accidentes, aparentes ó verdaderos. El año de 1610 nombró la Real Audiencia de Chuquisaca á D. Francisco Alfaro, para que informado personalmente de las cosas en las tres provincias del Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman, arreglase el tributo que se debia exigir de los indios en reconocimiento de vasallage.
Era el licenciado D. Francisco Alfaro ministro integerrimo, de méritos adquiridos con la inflexible rectitud de sus operaciones: celoso protector de los indios, cuyos agravios habia vindicado en Panamá y Chuquisaca, en el empleo de Oidor de los dos tribunales. No era fácil hallar sugeto mas adecuado para el intento: juicio reposado y penetrativo de las materias: sumo desinteres y limpieza de manos, que no se mancharon con el lodo de regalos, ni polvorearon los donativos: inflexibilidad y rectitud, con pecho de bronce para rebatir los golpes de la sinrazon, y de los que ciegos atropellan á los que pretenden encaminarlos, expédito en los negocios, no demorando la decision de las causas sino cuanto pedia el fundo de las materias. El empleo de visitador, con que vino á las províncias de Paraguay, Rio de la Plata y Tucuman, era ocupacion de muchos años para otros: pero él lo concluyó con feliz acierto dentro del año de 1611.
Tres eran los cardinales puntos de su incumbencia. El primero miraba á la libertad de los indios, no imaginária y de nombre como hasta el tiempo presente, sino real y verdadera, á la cual directamente obstaba el servicio personal: el segundo miraba á los desagravios por las injusticias pasadas, y el tercero á la tasa moderada de tributos: punto, á la verdad escabroso, y de vado bien difícil: parte por la pobreza presente de los encomenderos, para satisfacer á los indios las injusticias pasadas: parte porque, aun en quien se suponia suficiencia de caudal, se creia faltar voluntad por los intereses de la codicia.
Este estado de las cosas, y el temor de no encancerar mas las llagas, ocasionó el dar dos oficios á la imposicion que se les habia de poner á los indios de encomienda: el primero de tributo que debian pagar á los encomenderos, en nombre de Su Magestad, y el segundo por ser de satisfaccion tan moderada, que lentamente, pero del modo que únicamente hacian posible las circunstancias, compensase á los miserables indios el precio de los sudores pasados. Sobre la materia se tuvieron diferentes congresos en la Asumpcion del Paraguay, cabeza del Rio de la Plata, y en Santiago del Estero, capital del Tucuman. Concurrieron hombres doctos, que habian manejado con particular estudio las materias, los gobernadores de las provincias, y procuradores de las ciudades.