839 "Debés maldecir", me dijo, "A todos tus conocidos; ansina el que te ha ofendido pronto estará decubierto, y deben ser maldecidos tanto vivos como muertos."
840 Y me recetó un hincao en un trapo de la viuda, frente a una planta de ruda, hiciera mis horaciones, diciendo: "No tengás duda; eso cura las pasiones."
841 A la viuda, en cuanto pude, un trapo le manotié; busqué la ruda y al pie, puesto en cruz, hice mi rezo; pero, amigos, ni por eso de mis males me curé.
842 Me recetó otra ocasión que comiera abrojo chico; el remedio no me esplico, mas, por desechar el mal, al ñudo en un abrojal fí a ensangrentarme el hocico.
843 Y con tanta medecina me parecía que sanaba; por momentos se aliviaba un poco mi padecer, mas si a la viuda encontraba, volvia la pasión a arder.
844 Otra vez que consulté su saber estrordinario, recibió bien su salario, y me recetó aquel pillo que me colgase tres grillos ensartaos como rosario.
845 Por fin la última ocasión que por mi mal lo fí a ver, me dijo: "No, mi saber no ha perdido su virtú; yo te daré la salú: no triunfará esa mujer.
846 "Y tené fe en el remedio, pues la cencia no es chacota; de esto no entendés ni jota. Sin que ninguno sospeche, cortále a un negro tes motas y hacélas hervir en leche."
847 Yo andaba ya desconfiando de la curación maldita, y dije: "Este no me quita la pasión que me domina; pues que viva la gallina, aunque sea con la pepita."
848 Ansí me dejaba andar, hasta que, en una ocasión, el Cura me echó un sermón, para curarme sin duda, diciendo que aquella viuda era hija de confisión.