Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares, coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el torbellinesco espíritu de Pascal.

Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado in medio stat virtus. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.

Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la «edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación, es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre—decimos ahora—es un animal que evoluciona en las edades más recientes del planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver á sus formas ancestrales.

El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil, acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios, resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado.»

En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico.» Fruges consumere natus, que dijo el poeta latino.

Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del «filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía, ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas mundanas.

Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva,—análoga á las que repitiera Barbey D'Aurevilly—, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es satisfactoria.

El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués» antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é inequívoca, abordando el problema por otros caminos.

No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de ciertas funciones psicológicas.