Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre «relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la sociedad.

El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que imita y lo que inventa.

La variación individual determina la originalidad, rompiendo las coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza.

Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia biológica, la imitación social y la variación individual.

Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de los hombres inferiores.

Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición inherente á todo hombre mediocre.

Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio exclusivo de los hombres originales.

Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.

El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad para pensar como los demás.

El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.