El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.

La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda, esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida á sus propios funerales.

Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.

En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.

Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria secretos.

Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la historia.

La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: vitam impendere vero.

LA MEDIOCRIDAD MORAL

I. EL HOMBRE HONESTO.—II. LA MORAL DE TARTUFO.—III. LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.—IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.—V. LA SANTIDAD.