I.—El hombre honesto.

La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales extinguidas.

Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común de los mediocres morales.

La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.

Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse. La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo.

La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.

El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de los demás equivale á pensar con cabeza ajena.

La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica.