Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos, irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.

El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes pertinentes del Sartor Resartus; por ellos admira á Carlyle, tanto como otros por su culto á Los héroes. El respeto de las formas hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda animadversión á la verdad.

La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, de todos los cómplices de su mediocridad.

El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.

El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no tiene por qué ser leal con la mentira.

El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (Od., IV, 9, 29.)

No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia; prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño, avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles. Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público; traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su capa.

Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión; viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho del hambre ajena.

Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores más delicadas.

Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.