Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso. Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera: «En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,—virtud de elegidos,—esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo honesto aunque practique la ingratitud.
La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno solo sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
III.—Los tránsfugas de la honestidad.
Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.