Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya custodia obsesiona á los mediocres.
Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral, olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente considerada.
El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos, objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social: calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar el bien en mal y viceversa.
Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la moral, variable siempre.
Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su interpretación.
Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el sentido de la perfección.
Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias ambientes.
Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.