En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres mediocres.

Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales, incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio hasta el momento de rodar al delito.

Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en su gran mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad; paralíticos de la voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia ó del sentimiento, son animales descarriados de la grey humana, condenados á vegetar una semivida cuyos más nobles resortes están enmohecidos. En muchos de los segundos, en cambio, la incapacidad de adaptarse á la mentalidad social se traduce por una conducta delictuosa; el animal no se limita á aislarse del rebaño, se rebela contra él, compromete el orden de cosas establecido para salvaguardar la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes siempre, siniestros con frecuencia.

Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años, dilatando pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva patología mental. Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban la existencia de innumerables variedades que hoy pueblan la zona del desequilibrio y la anormalidad, fluctuando desde la demencia y el delito hasta la avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el difamador. No caben ellos en el marco de la mediocridad; su incapacidad de imitar á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina social, impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye «el rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la naturaleza.

El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un complejo armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante presteza contra el corazón ó la espalda; otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el oro ó la gema que tientan su avidez con seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes, los obstáculos con que la prudencia del mediocre custodia el tesoro acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles aritméticas de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de su parasitaria función antisocial, idénticos todos en la inadaptación de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada complicidad de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia una pústula, arrastrándolos á malvivir del vicio y del delito.

Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica ó social, encontramos una pincelada común en todos los hombres que permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad en que vejeta.

IV.—Los senderos de la virtud: el corazón y el cerebro.

La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad. Solamente los innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas, incorporando á la honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.

Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de ser honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel.