Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo á las hipócritas condescendencias permitidas por la honestidad, lleva en sí una partícula de santidad. El «buenismo» es la moral de los pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe á evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de bondad que no podrían distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los evangelistas no osaron plantearse este problema.
Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda suele ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la complicidad; es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos eficaces: la reprobación y el desprecio.
Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica. Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la indulgencia para sí mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen su propia conducta. Para los demás encuentran una disculpa, en la debilidad humana ó en la tentación del medio: «tout comprendre c'est tout pardonner»; sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan sus propias culpas y errores; y si no olvidan las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma á los perversos como si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible á las pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir las penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando su aplauso á toda idea original y compadeciendo á los ignorantes sin reproches inoportunos; su cordialidad sincera con los espíritus humildes no está corroída por la urbanidad convencional.
Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cuotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón y Plutarco está hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración por escritores que glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions dans les petites luttes. Il y a des bravoures opiniatres et ignorées qui se défendent pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement fatal des nécessités. Noble et mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur, l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille qui ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros illustres».
No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave error oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero no pueden compararse con el asiduo celo de perfección que convierte la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad superior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen: «no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad del mal no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía á elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes.
Sócrates enseñó—hace de esto algunos años—que la Ciencia y la Virtud se confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie sería malo sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede ser el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente.
La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian las luces del intelecto con las magnificencias del corazón. La «grandeza de alma» es bilateral. Son raros esos talentos completos ó poliédricos; son excepcionales esos genios. Así lo enseñan los epítomes de psicología escolar. Los caracteres perfectamente equilibrados son rarezas. Los hombres excelentes brillan por esta ó aquella aptitud, sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos de alguna aptitud intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no asombran por sus dotes intelectuales.
Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas poco valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es infecundo en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso de los hombres sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: sus triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos siglos: «Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y sospechoso se vuelve si pierde su reputación de honesto». (De Offic., II, 9.) Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y á los héroes, capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no dejaron de hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su obra.
Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las ciencias y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de energías morales que impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos con razón, conceptuándolos más necesarios. «El talento superior es el talento moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. De ese parangón está excluido, a priori, el hombre mediocre, pues sólo tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar, como lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente injusto sería desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en que existen simuladores de la virtud.