Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables. ¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría ser ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por catequistas igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes hombres se cuentan anomalías morales ó de carácter, que no suelen contarse del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y éstos son virtuosos.
Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si se concediera—y es mentira—que los grandes ingenios son forzosamente inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el privilegio de la virtud, reservado al talento moral.
Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y no de los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros, ignorando á los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de mediocres que beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel con un perro ó una rana, hay una incontable cohorte de cazadores y toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones de mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo; Lombroso se extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa. Los que han visitado cien cárceles pueden asegurar que había en ellas cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto á cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo hombre de genio.
Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio, aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre propicia al talento moral y éste es la condición misma de la virtud. Sólo hay una cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las cimas eternas de esta aristocracia moral: son los genios que enseñan virtudes no practicadas hasta la hora de sus profecías ó que practican las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo ó contrastando todas las contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se eleva sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra á la santidad.
V.—La santidad.
La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la humanidad. La evolución de los sentimientos colectivos, representados por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de hombres extraordinarios. En ellos se resume ó polariza alguna tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan y fundan religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay, en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes, Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan. Los talentos morales perfeccionan ó practican de manera excelente esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se limitan á imitarlas tímidamente.
Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente, incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones, tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás.
La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los sentimientos sociales y morales—dice Ribot—, se han producido lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados inventores en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio élan. El avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.»
Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio. Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo. Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida. La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las variaciones de la vida social.