Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros!
Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según el juicio que tiene de sí mismo.
Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten, sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el punto frágil por donde tienta su asalto la envidia.
El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La «invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los enfermos sobrevivientes á sus drogas.
El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.
Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su forma.
La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.
La que ha nacido bella—y la Belleza para ser completa requiere, entre otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia—tiene asegurado el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las atosiga.
Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia, devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún otro poeta de la era pagana.