El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas. Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones. De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.
El talento—en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad, como carácter, como energía—es el tesoro más envidiado entre los hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por millares las pústulas de la viruela.
La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la altura. Sin oírlos.
III.—Los roedores de la gloria: la crítica.
Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.
Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor, á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas está sembrado el camino de la gloria.
Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su irreparable ultimidad.
Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo lo que toca deja un rastro de su personalidad.
Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.