Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia. Que, sola, no anda.

La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.

Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.

Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo.

Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios á la perfección.

El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.

Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.

En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de la realidad que deviene.

Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus esclarecidos.

Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de porvenir.