No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree sinceramente en él.

Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas.

Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.

El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los otros.

Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», aunque el mal uso induzca á ello.

Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de belleza ó una original personalidad.

No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.

La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente: es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.

Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza—formas preeminentes de toda excelsitud—no se concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás contradictorias, aunque lo parezca.

Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.