Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos perfecciones imperfectas.

Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele más.

Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales. Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado.

Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.

Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas, momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada hombre.

Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la sombra.

II.—Los visionarios de la perfección.

Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.

El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.