Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad, sino por impotencia.
LA MEDIOCRACIA
I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.—II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.—III. DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.—IV. LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
I.—El clima de la mediocridad.
En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los héroes su corazón en la balanza del destino.
Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad del tiempo.
En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo. En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás piezas del mosaico.