Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada más impune para explotar á la sociedad.

Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia: todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, carcomiendo la dignidad común.

En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados. No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.

Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista: cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.

Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una decoración.

Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.

Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino par negotiis neque supra. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada tienen que hacer.

La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio: que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria para usufructuar sus riquezas.